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Ser o no ser Maracaibo, sin duda, es una ciudad de contrastes. Y con ello no queremos resaltar sus bondades turísticas, sino la increíble manera cómo autoridades y/o ciudadanos buscan resolver los problemas de la hasta ahorita, segunda ciudad de Venezuela. Mientras los habitantes del casco central tienen que soportar los vapores nauseabundos de la basura en plena combustión, en otras partes de la urbe se adelanta un plan piloto para reciclar la basura; cual primer mundo podríamos decir. Lo triste de la historia es que se trata de una tragicomedia que muestra dos estados: uno, el del Instituto Municipal de Aseo Urbano (Imau) y su presidente Horacio Marín, que mantiene la ciudad en la insalubridad de la Edad Media, y el otro, el alcalde, quien encargó a otra empresa para impulsar el progreso de una sociedad que recicla, muy propio de la Europa del siglo XXI