Con una mirada retrospectiva, el 11 de abril de 2002 cierra, de manera concluyente, el primer y definitorio período, que se inicia a comienzos del año 1998, de lo que sería de vida política de Hugo Rafael Chávez Frías, el líder y cautivante conductor de masas, el revolucionario creador de todo el acervo doctrinario del Socialismo del Siglo XXI y el Jefe de Gobierno y de Estado que cambió la correlación de fuerzas entre, la dividida, apabullada y sojuzgada América Latina y del Caribe, y la altiva, retadora y digna CELAC.
No había terminado de anunciar su propósito de ser Presidente de la República y ya comenzaron a conjugarse voluntades, recursos económicos, poderes nacionales e internacionales, grupos de presión, en torno a personajes, instituciones, organismos, empresas de uno y otro signo y gobiernos extranjeros para impedirle ganar las elecciones de D/98.
Chávez tenía enemigos y detractores que terminarían odiándolo, aduciendo motivos para dar el todo por el todo para impedirle el triunfo, pues el hijo de Sabaneta simbolizaba la transformación total de Venezuela. La ultraderecha, la derecha y la izquierda arrepentida y en retroceso, no podían permitir que les quitaran el Poder y sus espacios.
Hugo Chávez no les tuvo miedo, no se arredró y los enfrentó blandiendo los dos grandes signos inequívocos del poder: El pueblo y las leyes. El pueblo no lo defraudó y en medio del mayor entusiasmo, depositando en su líder confianza absoluta en su patrimonio moral y ético, lo hizo su Presidente.
Chávez, durante su campaña electoral, con gran sinceridad dijo todo lo que haría desde la presidencia y no escatimó oportunidad para reiterar su compromiso con el pueblo al cual se proponía redimir, a cuyo efecto tenía que acabar con los partidos, acabar con al CTV, reducir a Fedecámaras a la dimensión que le correspondía tener, hacer independiente, soberana y libre a Venezuela, rescatar la tierra para sus campesinos, recuperar el dominio sobre nuestra industria petrolera y todo cuanto conoceos de los afanes de este hombre.
Pero lo más importante y lo que tanto alarmó a los Amos del Valle, aquellos que en función de dueños, hacían y deshacían, en y con Venezuela, fue su propósito de, lloviera, tronara o relampagueara, darnos una nueva Constitución Nacional, cosa que hizo contra viento y marea, convocando a elegir a los miembros a una Asamblea Nacional Constituyente, eligiendo en comicios populares a sus integrantes, todo lo cual da a nuestra Carta Magna la majestad, la legalidad y la legitimidad que la hacen imbatible.
Chávez, ese gran líder continental que sigue siendo, relegitimó su mandato participando en un nuevo proceso electoral convocado para después de aprobado el texto de la Nueva Constitución y, de inmediato, ya reelegido, se lanzó a construir la nueva estructura legal que le permitiría cumplir sus promesas electorales con un pueblo por siempre, como dice la gaita zuliana, «marginado y sin un real», aunque no avizoró, tan singular hombre, que esas leyes acelerarían la conspiración urdida por todos los poderosos del país para derrocarlo y acabar con lo que tiempos más tarde se conocería como Chavismo, escrita la palabra, como tantas veces hemos dicho, con la mayúscula de los nombres propios.
A la nueva Ley de Tierras, la de sus atesorados campesinos, se sumó la de Hidrocarburos y tantas más, de profundo contenido social y de consagración de nuestra soberanía y ello dio paso al primer acto de la conspiración: La Huelga General convocada con el impulso de los ganaderos y agricultores del país —los terratenientes— se llevó a cabo el 10 de diciembre de 2001 en medio de un estrepitoso fracaso, fiasco que exacerbó los ánimos del empresariado nacional y coadyuvó a todos a sumarse al ambiente propiciador del Golpe Contra el Estado.
El Golpe del 11 de abril de 2002 tiene su origen histórico en la necesidad que tenían los golpistas de acabar con Chávez y con el incipiente chavismo, y bien que conocemos todos cuanto en esos dos días iniciales, terríficos y criminales ocurrió, así como vivimos intensamente los dos días siguientes: ¡días de gloria!, ¡días de victoria! y ¡días de consolidación del poder!, con Chávez repuesto a su mando en Miraflores en hombros del pueblo del cual terminaría siendo el Comandante Eterno.
Lo que nunca pensaron, supusieron o avizoraron los golpistas fue que Hugo Chávez Frías regresaría a Miraflores con una fuerza política que nunca soñó tener: Enfrentó y venció a la oposición, de tal manera, que terminó por entrarle a PDVSA al paso del vencedor, después de dar una pela moral y profesional a los oficiales superiores y generales quienes, encaramados en el escenario para lo cómico, montado en la Plaza de Altamira, terminaran siendo el hazme reír de la colectividad nacional.
Chávez no solo derrotó a la meritocrácia petrolera, sino al poder petrolero internacional, especialmente a gringos, ingleses y holandeses y a partir de PDVSA, le dio curso a la inversión de los recursos del petróleo en los programas sociales para su pueblo: Se entregó a la redención de los venezolanos, por años irredentos y los hizo sentir como dueños de la Patria.
Del golpe contra Chávez, de aquel abril de 2002, surgió arrollador el gran líder, el visionario estadista, el latinoamericanista de proyección internacional, creador de la doctrina del Socialismo del Siglo XXI y del Poder Popular, ganador de todos los procesos electorales donde participó, con excepción del referéndum aprobatorio de la reforma constitucional, reconocido por el mundo entero y amado, por su pueblo, como nunca los venezolanos amaron antes a presidente alguno.





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