Desde que el pasado 12 de febrero un ala extremista del oposicionismo venezolano pusiera en marcha el plan de desestabilización y golpe de Estado contra el gobierno popular del presidente Maduro, numerosos han sido los llamados a diálogo y las muestras de disposición de discutir los problemas por parte del Gobierno para construir en paz y en democracia el país que queremos.
En su aventura violenta, poco le importó a la oposición generar caos y campañas de descrédito contra el país con el fin de lograr que el Gobierno les atendiera y escuchara. Pero no fue sino hasta que Unasur y la Santa Sede prácticamente rogaron a los representantes de la MUD asistir al diálogo, que estos finalmente fueron a Miraflores.
Recibidos e instalados, abrieron la boca solo para decir «aquí estoy yo», y luego de eestablecerse las mesas de trabajo, se han dado a la tarea de chantajear una y mil veces al Gobierno y al país, haciendo peticiones imposibles de cumplir, sencillamente porque violan la ley.
Así, pretenden que los vándalos que han provocado la muerte de 42 personas, buena parte de ellos funcionarios de cuerpo de seguridad, salgan en libertad como muestra de buena voluntad para dialogar.
También pretenden que funcionarios de alto rango vinculados al golpe de Estado de 2002 y responsables de muerte de civiles, salgan en libertad.
Es decir, la oposición establece como requisito para dialogar que el gobierno legítimo y constitucional de Nicolás Maduro se convierta en un Gobierno que viole la ley, y que en un acto cínico y falta de respeto con los familiares de las víctimas de los violentos capturados, libere a cuanto criminal tenga en la lista la MUD para entonces comenzar a hablar; qué podemos esperar que soliciten entonces una vez instalado el dialogo: quizá se les antoje la renuncia de alcaldes y gobernadores, la presidencia de PDVSA o quizá el caprichito de sentarse en Miraflores a dirigir el país.
Dentro de la constitución todo, fuera de ella nada, nos dijo siempre el comandante supremo Hugo Chávez, y así seguiremos construyendo la patria, dispuesto a pesar de todo a dialogar, pero jamás a caer en el chantaje de violar la ley, para beneficiar a los grupúsculos de la oligarquía que pretenden volver a gobernar este país.





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