¡Solo por ser venezolano!

Chilenos desataron «linchamiento digital» contra venezolano señalado erróneamente de atropellar una actriz

Chilenos
31 de agosto, 2026 - 9:53 am
Fuente: El Regional del Zulia

Al parecer a los chilenos no les importó el atropellamiento de la cineasta, si no que el sospechoso presuntamente era de nacionalidad venezolana, cosa que no era verdad

 

La muerte trágica y absurda de la cineasta y realizadora audiovisual Paz Ramírez Larrín, hermana de las actrices María José y Ángela Prieto, ocurrida el pasado domingo 23 de agosto en la comuna de Providencia, no solo enlutó al mundo de la cultura en Chile.

El hecho se convirtió en el catalizador más reciente y doloroso de una patología social que corroe las bases de la convivencia en el país: la xenofobia exacerbada, el prejuicio institucionalizado y la peligrosa complicidad de una narrativa mediática dispuesta a sacrificar la verdad en el altar del rating.

Lea También: Encarcelaron a dos chilenos que quisieron quemar vivo a un venezolano en Iquique

Durante las primeras horas posteriores al siniestro vial —en el que Ramírez perdió la vida al intentar evitar que su mascota fuera atropellada en la intersección de la avenida Andrés Bello con Manuel Montt—, el aparato mediático y las redes sociales operaron bajo un dogma no escrito pero implacable: la culpa, por defecto, tenía pasaporte venezolano.

La cacería del inocente

Mientras las autoridades policiales iniciaban las pesquisas para dar con el vehículo que se dio a la fuga tras el impacto, una pista errónea filtrada a la opinión pública desató la tormenta. Basándose en imágenes imprecisas entregadas inicialmente por la municipalidad de Providencia, se instaló la narrativa de que el sospechoso era un ciudadano venezolano de 72 años residente en la ciudad de Talcahuano.

En cuestión de minutos, la maquinaria del odio digital se puso en marcha. Sin verificación, sin contraste y con el apetito voraz de la inmediatez, portales de noticias y usuarios anónimos convirtieron la nacionalidad en el principal agravante de un crimen aún no esclarecido.

En medio de ese torbellino de linchamiento virtual apareció Eliécer Padilla, un venezolano de bien que horas antes conducía su vehículo por la misma zona de los hechos. Una patente mal leída o cruzada de manera negligente lo transformó de testigo a blanco principal.

Su nombre, las placas de su automóvil y fotografías de su esposa comenzaron a circular masivamente en redes sociales, acompañadas de amenazas explícitas y de un desprecio visceral que hiela la sangre.

«Te vamos a ubicar. Ya sabemos quiénes son tus hijos. El único veneco bueno es el veneco muerto», le escribieron a Padilla en una andanada de mensajes intimidatorios que evidencian el nivel de descomposición al que ha llegado el trato hacia la diáspora venezolana en Chile.

«Estamos acostumbrados a que cuando pasa algo con un venezolano, los canales, por tener más rating, empiezan a sacarle hasta la última gota del jugo», reflexionaría más tarde Padilla en declaraciones al medio The Clinic, resumiendo con crudeza el oportunismo informativo que alimenta las llamas de la intolerancia.

La verdad incómoda y el sesgo inalterable

El castillo de naipes de la mentira xenófoba tardó pocas horas en derrumbarse, aunque sin generar ningún tipo de autocrítica en quienes lo construyeron. Un riguroso entrecruzamiento de cámaras de seguridad, testimonios de testigos presenciales y rastros físicos condujo a los investigadores hasta un estacionamiento subterráneo ubicado en un edificio de Santiago Centro.

Allí reposaba el verdadero automóvil implicado: un vehículo MG de color gris que presentaba daños frontales absolutamente compatibles con la dinámica del atropello. Estaba registrado a nombre de Ignacio Palma Weinfeld, un ciudadano chileno de 53 años con antecedentes previos por conducción en estado de ebriedad.

Fue el propio Palma Weinfeld quien conducía el automotor la noche fatal, huyendo del lugar sin prestar auxilios de ley y alegando, en una coartada tan indolente como inverosímil ante las autoridades, que «solo pensó haber atropellado a un perro».

El 8° Juzgado de Garantía de Santiago dictó posteriormente la medida cautelar de prisión preventiva para Palma en el marco de la investigación por cuasidelito de homicidio y omisión de socorro.

Sin embargo, lo ocurrido tras la revelación de la identidad del verdadero responsable expuso la profundidad del daño cultural: lejos de disculparse o de reflexionar sobre el peligro de la estigmatización, las redes sociales y los foros de internet mutaron la discusión.

Chileno xenofobicos

Lejos de extinguirse el fuego del odio, la conversación digital viró hacia teorías conspirativas absurdas, preguntándose si el imputado chileno era en realidad «de origen» o algún extranjero nacionalizado, buscando a toda costa mantener vivo el relato de la criminalidad migrante.

Ninguno de los medios que difundió las primeras falsas acusaciones eliminó sus notas iniciales, ni ofrecieron retractaciones públicas a las víctimas colaterales de su irresponsabilidad. Los mensajes de odio contra la comunidad venezolana continúan habitando el espacio digital sin filtros ni consecuencias legales.

Impunidad estructural y complicidad

El caso del falso señalamiento a Eliécer Padilla y el sesgo en el tratamiento del caso Ramírez no son hechos aislados, sino el síntoma de una estructura social y política quebrada. La xenofobia en Chile ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en un combustible discursivo rentable.

Como señalan con frustración los afectados, la indefensión jurídica es absoluta ante una maquinaria donde los congresistas y actores políticos locales alimentan constantemente la narrativa del enemigo extranjero para rentabilizar réditos electorales, mientras los medios de comunicación actúan como meros amplificadores de un caudal de prejuicios que deshumaniza a cientos de miles de trabajadores.

«¿Demandar? ¿Exigir reparación? Estamos de manos atadas», lamentan las voces migrantes, conscientes de que el sistema judicial rara vez sanciona la violencia simbólica y el racismo institucional.

Atrás de este debate sórdido queda la memoria de Paz Ramírez, una creadora cuyo talento y pasión por la cultura merecían un destino distinto. Amigos y familiares han insistido en rescatar su legado profesional, recordando que atravesaba por una etapa sumamente creativa y entusiasta de su carrera artística.

Rendirle tributo a Paz implica, necesariamente, limpiar este trágico episodio de la escoria del prejuicio, recordando su aporte a la sociedad y exigiendo que la justicia actúe con rigor sobre el verdadero responsable, sin atajos ideológicos ni etiquetas de nacionalidad.

Mientras tanto, en las calles de Santiago, el fantasma de la xenofobia continúa acechando, recordándole a la diáspora venezolana que, en la narrativa del odio, la presunción de inocencia es un derecho que se suspende apenas se cruzan las fronteras del estigma.

 

Sigue el canal de QUÉ PASA en WhatsApp o en Telegram para que te mantengas bien informado:

https://whatsapp.com/channel/0029Vb3Uknp3bbV53vHbCI

https://t.me/quepasainfo

Otras noticias en:
https://www.quepasa.com.ve

Comente