Roraima: lugar donde las estrellas y las luciérnagas son una sola

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27 de julio, 2014 - 12:27 pm
Redacción Diario Qué Pasa

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Recorra a través de nuestras letras la mítica ruta de los tepuyes venezolanos, lugar donde llueven estrellas, y el oro no es solamente amarillo, pues el verdor es el dueño absoluto. Sepa por qué, al pie de El Roraima, las imágenes no le hacen justicia a la realidad, frente al imponente paisaje milenario; y cómo es vivir la experiencia de tener un contacto directo con la naturaleza ancestral.

Una travesía por los 30 mil kilómetros cuadrados de este coloso tepuy, nos lleva a descubrir las maravillas de ese mundo escondido.

Donde se besan las nubes con sus piedras, donde se confunden las estrellas con las luciérnagas; un lugar que pareciera elegir a aquellos que considera dignos para contemplar su majestuosidad, eso es El Roraima, un tepuy ubicado en el corazón de La Gran Sabana, en el Parque Nacional Canaima, estado Bolívar.

Para llegar a la cima de este colosal forrado de mucho verde, piedras oscuras y colores vivos, llegué a Puerto Ordaz y rodé durante más de 10 horas sobre «carreteras de gelatina», hasta Santa Elena de Uairén.

Desde Santa Elena, pueblo que abraza las culturas criollas, pemonas, brasileñas y de los forasteros que llegan desde cualquier parte del mundo, sale la mayoría de los aventureros que se lanzan a este arduo, pero placentero desafío.

Llueven estrellas

Un vehículo rústico nos acercó al punto de partida: Paraitepuy, una pequeña población pemona, puerta de enlace hacia El Roraima.

En este asentamiento se contrata a los porteadores, que son pemones con una fuerza sobrehumana que logran ascender con una rapidez heroica el tepuy, con alimentos u otros requerimientos del grupo.

Generalmente son tres días para gozar de la vista plena desde la cima de El Roraima; y dos días para bajar hasta lo que fue el punto de partida, Paraitepuy, todo depende de la agilidad física del grupo.

Sol inclemente, chaparrones que iban y venían, los sonidos de las aves que sobrevolaban la infinita sabana y especies que se escondían a nuestro paso, nos acompañaron durante la travesía.

Además del clima bipolar, al alzar la mirada observaban los mayores guías durante el recorrido: El Kukenán y El Roraima. Regios, uno al lado del otro, estos dos impotentes tepuyes nos mostraban el camino.

Las energías a mitad del trayecto disminuían, producto de las largas caminatas que ponían a prueba nuestros cuerpos y mentes. El recorrido el primer día es de cuatro a seis horas, nosotros sin pausa, pero sin prisa logramos el cometido en cinco. Fueron nueve kilómetros hasta Río Ték, donde pasamos la noche.

Cuando el sol se esconde, la magia se apodera de este lugar, un espectáculo cundió el cielo. Las luciérnagas en medio de la nada se fusionaron con la infinidad de estrellas que se paseaban velozmente de un lado a otro.

La mañana siguiente, un reggae de fondo nos despabilaba. Desde mi hamaca observaba lo cerca que estaba, como si ambos tepuyes me saludaran al despertar.

Asomarse por una de las ventanas generó una sensación única en mi cuerpo, de paz, de fraternidad con la naturaleza, pensando que Dios se tomó su tiempo para cincelarlos a la perfección.

A los pies de El Roraima

Empacamos nuevamente y salimos tempranito con rumbo al campamento base.

Una jornada donde se camina de seis a siete horas, para recorrer los 11 kilómetros que te llevan a los pies de El Roraima.

Cuando llegamos a la base, en medio de la nada fueron colocadas las carpas, dispuestas para pasar la segunda noche. Excursionistas de Corea del Sur, Australia, España, Francia y otras nacionalidades se paseaban por el mismo campamento, con el mismo objetivo que nosotros: llegar al tope de El Roraima. Parecía que todos hablábamos el mismo idioma, una miraba de complicidad y de ánimos era el común cuando nos tropezábamos por las hileras del campamento.

Un pemón con excelentes aptitudes para la cocina, nos consentía con una suculenta sopa para calentar el cuerpo; era el mejor premio en ese momento.

Empacamos las cosas al amanecer y comenzamos a subir hacia el ansiado objetivo.

Escalera al cielo

En el tercer día ascendimos por las llamadas rampas o escaleras, pasaje con setenta grados de inclinación y mezcla de rocas, arena y arbustos en donde las rodillas, tobillos y el resto del cuerpo se desgastaba paulatinamente.

De cuatro a cinco horas dura este recorrido de cuatro kilómetros. En medio del agotamiento, me detenía a observar el verde vivo de cada hoja, líquenes y el color agudo de las flores que abren sendero hacia La Pared, donde por primera vez tocas el tepuy, y sientes cómo su carácter te recorre el cuerpo; unos contuvieron las ganas de llorar, no fue mi caso.

Luego desfilamos por el Paso de Las Lágrimas, una solemne caída de agua, devenida de la fusión de dos cascadas desde la cresta de El Roraima. Esta pasarela de rocas escurridizas requiere de precaución, los distraídos pueden lastimarse al pasar rápidamente y llegar al otro extremo, donde todavía la llovizna nos perseguía.

Se acortaba la distancia para llegar a la cúspide, unos minutos después del Paso de Las Lágrimas, unas cuantas rocas más, y ahí estaba la recompensa, llegué… llegamos.

La cúspide

Llegar arriba fue surreal, un escenario de rocas negras atenuado por la neblina me recibió. La euforia de estar ahí no dejaba que el frío calara en mis huesos.

Tomamos un pequeño receso para contemplar, oler y sentir El Roraima. Los surcoreanos pintaban sus rostros de rojo, como si fueran guerreros, mientras el resto reposaba en las piedras que cundían la meseta.

Desde ese punto, cada quien agarró su rumbo hacia los «hoteles», nombre que reciben las cuevas que albergan a los visitantes, resguardándolos de las constantes lluvias, y las bajas temperaturas, que en las noches suelen descender hasta 5°C.

Maravillados llegamos al hotel Arenales, arreglamos nuestros «macundales» y nos deleitábamos con aquella vista primorosa. Estábamos sometidos a los caprichos del tepuy, se despejaba a ratos y nuevamente nos propagaba la neblina acompañada de un chaparrón altanero que nos impidió recorrerlo ese día.

Sus misterios

Resguardados en pares dentro de las carpas, la noche en medio del silencio dejaba asomar un sonido que imitaba el canto de una ninfa, que se fusionaba con el de las aves que socializaban posándose sobre nuestras cubiertas. Me asomaba y las veía bañándose en la lluvia y buscando restos de comida.

La mañana del cuarto día fue memorable, despertamos con un frío atroz, pero ni eso nos podía robar la emoción de correr hasta el punto más alto del hotel, que bautizamos como «el comedor», para contemplar la inmensidad de aquella sabana enigmática.

Salimos como un gusano de colores por todo el tepuy para descubrirlo. Una caminata de veinte minutos nos llevó a la Cueva de Guácharos.

Millones de años transcurrieron para que aquello luciera como lucía. Formaciones rocosas, paredes y caminos de arena con agujeros formados por el incesante goteo de la lluvia, se cruzaba a nuestro paso.

Una cascada se asomaba dentro de la gruta, todos pasábamos en silencio para verla, como respetando aquel momento.

Allí mismo había una especie de arcilla con la que decidimos hacernos unas mascarillas. El guía nos pidió que apagáramos las linternas por unos segundos, luego apuntamos la luz hacia el techo. Fue como si hubiesen arrancado un pedazo de la galaxia y lo hubiesen puesto ahí adrede.

Cuarzos y jacuzis

El viento y la lluvia seguían arreciando a la salida de la cueva, de pronto el clima se puso a nuestro favor, viviendo en Maracaibo, confieso que nunca me emocionó tanto ver el sol en todo su esplendor como ese día.

Los rayos solares se entrelazaban con un arcoíris, mientras corríamos rumbo a los jacuzis.

Antes de llegar a estas piscinas naturales, nos topamos con El Valle de Los Cristales, miles de cuarzos de todos los tamaños cubren de blanco uno de los caminos.

Después de esta pausa para admirar la calle blanca de los cuarzos, se nos atravesaban rocas con las formas más inimaginables. Una de ellas a contraluz parecía el torso de Fidel Castro, otras una tortuga y aves gigantes, y una hilera de rostros negros brotaban de una de las piedras continuas, rodeadas por flores rojas.

Llegamos a los jacuzis, y eufóricos nos apresuramos para disfrutar de sus aguas, que resultó más fría que la normal, pero más caliente que la de los ríos de esa zona. No había cabida para las inhibiciones. Sirvió para consolidar nuestra conexión con aquel lugar.

Esa agua fue la más hermosa que he observado, la más deliciosa que he probado y la más exquisita en la que me he bañado.

Retornamos al «hotel» porque la lluvia volvió a aparecer y las nubes nos negaron la vista desde El Maverick —llamado así por asemejarse a la silueta del automóvil con ese nombre— este resulta ser el punto más alto del tepuy con 2.810 metros sobre el nivel del mar.

Listos para el descenso

Arriba en El Roraima tres naciones se encuentran, específicamente en Punto Triple, donde el 85% pertenece a Venezuela, el 10% a Guyana y 5 % es territorio brasileño. La falta de tiempo y las condiciones climáticas no nos permitieron llegar hasta allá.

La última noche en el tepuy registraba en mi cabeza cada imagen, sonido y olor que me concedía. El pemón nos deleitó con una cena con calabresa (salchicha brasileña) y el impelable cumache, un picante hecho con bachacos solo para valientes.

Las conversaciones con mis compañeros de aventuras, a quienes conocí en esos confines del mundo, se paseaban entre el taurepán  (idioma pemón) de los porteadores, el inglés acérrimo de una neoyorquina y dos canadienses, y el castellano ocurrente de dos maracuchos —incluyéndome— y un machiquense.

A las 6:00 de la mañana del quinto día, nuevamente morrales a la espalda y a bajar. El mismo camino que nos llevó arriba, esta vez nos traía de vuelta.

La lluvia nos persiguió desde la salida, el guía aceleraba su paso y el nuestro para evitar encontrarnos con los ríos crecidos.

Las rodillas pedían clemencia entre cada movimiento, el Paso de Las Lágrimas, se volvió más difícil, las piedras se tornaron más resbalosas y la llovizna desde arriba más incesante.

Las escaleras, se convirtieron en barro y eso complicó el descenso. En el trayecto los mismos grupos que habían subido, bajaban ese día,  juntos nos tocó cruzar un río rabioso, antes de llegar al campamento base.

Desde allí decidimos que mientras más rápido bajáramos mejor. Tomamos un pequeño receso, le dimos un respiro a las piernas, y continuamos hasta Río Ték.

Para llegar a la cabaña, caminamos siete horas más. Volteábamos y nos despedíamos de El Roraima. El recorrido de vuelta no dio tregua, la lluvia nos acosó la mitad del tiempo, y en la otra mitad el sol hacía lo suyo.

Cruzar el Río Kukenán fue el punto más álgido de ese día. Dos de nosotros quedamos rezagados, pero los gritos del guía nos indicó el camino. El cuerpo seguía pasándome factura.

Los primeros cruzaban y sus caras de angustia me inquietaban, fui la penúltima en cruzar. Seguí las instrucciones de aquellos que estaban acostumbrados a ver ese torrente brioso, y llegué al otro lado.

Adiós Roraima

Llegamos a la cabaña de Río Ték de nuevo, y el cuerpo reclamaba reposo absoluto. Sin embargo, en la mente había más espacio que solo para las quejas y el dolor, era para la satisfacción de haber sido privilegiados con la vista primorosa desde la cúspide. Me sentí invencible.

Tomamos un baño en el río, que procuró estar más frío que de costumbre, y nos acostamos.

Ahora sí, el último día llegó y nos marchamos para llegar al mediodía a Paraitepuy. Mientras andábamos en los últimos minutos de sabana, nos pasaban vertiginosos los corredores que participaban en un maratón. Vi pasar de todo: hombres, mujeres, porteadores y adultos mayores, cuyo recorrido era el mismo que nosotros logramos hacer en tres días, y que el ganador de esa competencia logró concretarlo en apenas 12 horas.

Faltándome unos 500 metros para llegar a Paraitepuy, recibí el último palo de agua que me concedió La Gran Sabana. Mis compañeros que llegaron antes, me recibían como en una escena de Rocky, con aplausos que iban de menos a más, animándome a dar los últimos pasos hasta alcanzar una silla.

La travesía terminó con un almuerzo, recordé que era época del Mundial por un televisor que había en el restaurante. Fueron seis días alejados del mundo al que llaman «real», todavía creo que ese que vi allá arriba es el verdadero.

Ese era el «viaje de mis sueños», solo diré que cada cosa que viví, cada imagen que vi y cada persona que conocí fueron dignas de ese sueño.

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La primera parada que hicimos quedamos maravillados viendo a nuestros mayores guías: El Kukenán y El Roraima

1326 FOTO%201%20EL%20PORTEADOR

Los porteadores pueden cargar más de 120 kilogramos en su pañada de un chaparrón alespalda, usando el «guayare», una cesta hecha de bambú

1326 FOTO%202%20CON%20RORAIMA%20DE%20FONDO

Aquí veía cómo crecía el tepuy ante mis ojos, agradecía los arroyos que se atravesaban en el sendero; estos nos ayudaban a hidratarnos y a descansar unos minutos

1326 FOTO%203%20DESDE%20EL%20HOTEL

Desde «el hotel» cuando el tepuy se despejaba se lograba ver el camino recorrido, una sabana interminable

1326 FOTO%204%20ESCALANDO

Subíamos por pequeñas colinas para llegar a los jacuzis

1326 FOTO%205%20CUARZOS

Para quienes creen que este puede ser un buen «recuerdito», en este lugar está terminantemente prohibido llevarse los cristales; esto como medida de preservación del parque nacional

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Jacuzis: pozos de aguas poco profundas con cristales de cuarzos en el fondo

FOTO 7 CRUZANDO EL KUKENÁN

Cruzando El Kukenán: No sentí miedo hasta que llegué allí. Unas cuerdas apostadas de un extremo a otro del río, nos ayudaron a pasar hasta el otro lado

Fotos: Jennifer Marrugo /Cortesía Court Anderson

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