La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) ha guardo un silencio mezquino y grosero ante la muerte del Monseñor Gustavo Ocando Yamarte, mas conocido con el simple y muy cristiano, padre Ocando.
Es imperdonable que la CEV no haya emitido un pronunciamiento oficial, mas que un pronunciamiento, un reconocimiento a la inmensa trayectoria y trabajo incansable que permitió al padre dejarnos una obra, que una, varias obras, que han contribuido al beneficio de la colectividad que le tocó servir como pastor y conductor de almas, y como líder de una labor que ademas de cultivar el espíritu, brindaron seguridad personal a sus fieles.
Llama la atención, y parece algo hecho a drede, con premeditación y alevosía, que la CEV haya tenido el tino de emitir una nota para dar a conocer la muerte por covid de un sacerdote del estado Trujillo, y na haya dicho, hasta el momento de escribir esta nota, ni una palabra, ni una línea, sobre el fallecimiento de Monseñor Ocando Yamarte.
Ya la jerarquía eclesiástica ha maltratado al padre cuando conspiró para quitarle la conducción de todas las obras, instituciones, casas de estudio, centros de salud y medios de comunicación que fundó e impulsó para el beneficio de todos los zulianos y gran parte del occidente del país, hacia donde se irradió su vasto trabajo.
El silencio de la Conferencia Episcopal Venezolana sin duda encuadra en por lo menos dos de los siete pecados cardinales: la soberbia y la envidia.








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