Por Luis Fuenmayor Toro
Desde las horas inmediatas siguientes a la invasión gringa, al bombardeo destructivo y al secuestro del presidente Nicolás Maduro, los grupos opositores extremistas liderados por María Machado, dentro y fuera del país, lanzaron su proposición de que lo primero era efectuar las elecciones presidenciales, para salir de lo que llaman «gobierno socialista criminal, tiránico y narcoterrorista» del PSUV, de manera de erradicar, si era posible eternamente, al chavecismo gobernante.
Esos eran sus deseos y esas sus consignas, según sus innumerables voceros, la mayoría mercenarios del anti periodismo.
Esas fueron sus declaraciones, independientemente del matiz que algunos quieran darles ahora. Ellos sólo entienden la transición como un gobierno de ellos, puestos a la fuerza por EE. UU., a quien le rogaron actuara pues solos no podían, pues en el país eran la única fuerza realmente opositora. La soberbia y el sectarismo de Chávez quedaron chiquitos ante estos energúmenos, hoy afortunadamente venidos a menos.
Soñaban que el gobierno futuro del país excluiría en forma absoluta, a quienes habían gobernado durante este siglo y a todos aquellos que, en algún momento, hubieran colaborado con la «plaga», que había caído sobre Venezuela. A estos «colaboracionistas» los definían como «alacranes o enchufados».
Las elecciones tenían que ser ya, pues no se podía correr el peligro de que apareciera, por obra y gracia del espíritu santo o de algún genio maléfico, algún grupo político o liderazgo, que pudiera tratar de competir con los designados por la providencia para gobernar Venezuela.
María Machado era la elegida de Dios, (como dicen que es el sionista genocida de Netanyahu), y gozaba del apoyo total del pueblo, que, aunque nunca ha votado por ella para presidente, lo hizo por González Urrutia, su alter ego electoral según esa masa de seguidores, quien supuestamente arrasó en unas elecciones muy irregulares, saboteadas por todo, y realizadas en medio de sanciones y amenazas de invasión militar gringa. ¡Ah! Pero «libres».
La discusión sobre si hacer las elecciones inmediatamente o hacerlas luego de un período, que permitiera una cierta estabilidad económica y social, que no diera al traste con la vía electoral y sus resultados, no parece convencerlos. Quieren que sean ya y se lo ruegan a Trump, pero éste les dice repetidamente que no, que todavía no, que hay que esperar, que Venezuela no está preparada. Que esperen que él termine de consumar el saqueo de nuestro petróleo, que es lo único que siempre le ha interesado.
Se van entonces donde Marco Rubio, para que interceda ante el nuevo monarca occidental, pero éste les repite y se explaya en las razones de su jefe. Comienzan a protestar suavemente, entre dientes, viendo para otro lado, tratando de no incomodar a quien ellos mismos escogieron como cófrade, pero que en el momento crucial los dejó de lado, de una brocha colgados. Y para colmo, Trump ha escogido a Delcy Rodríguez como jefe del gobierno tutelado, y para el diálogo con éste a alguien no tan cercana de la lideresa de Dios, que muy bien puede ser llamada la Chávez del extremismo opositor.
Ahora, si es verdad que están en el acabose. Ni siquiera son ellos quienes conversan y aparecen en las fotos, es la gente de Leopoldo y de Borges, quienes tienen hoy esa función, dos hombres que no se caracterizan precisamente por sus lealtades con nadie, ni afinidades con quienes no sean de sus grupos o de ellos mismos.
Y como si fuera poco todo ese castigo, ahora aparece, como salido del mismito infierno, Alejandro Betancourt López, que no importa si es o no familiar de Leopoldo, pero cercano a este prófugo de la justicia venezolana ha sido. Y aunque lo conocen y han hecho negocios con él y han recibido financiamiento de sus empresas, no se sienten cómodos con quien aparece como un operador de Trump y un hombre cercano a la presidente encargada, quien, de paso, ya se apresuró a decir que su caso judicial había sido sobreseído por nuestros imparciales tribunales de justicia, algo que mejor no averiguamos cuándo ni cómo ocurrió.
Los venidos a menos no tienen más remedio que rezongar y oponerse calladamente, con balbuceos, a los acuerdos de Trump y Delcy, o a parte de los mismos, tratando de colarse por alguna rendija que aparezca. ¿Cómo le explican al país, que sus propuestas son buenas si las hacen ellos, pero son nocivas si las realiza Delcy?
Las facilidades para los inversionistas son adecuadas si ellos las ejecutan, pero son entreguismo delictivo si las ejecuta la cúpula gubernamental. Llegan hasta defender la soberanía. Son las mismas contradicciones, pero de signo contrario, que las del gobierno. Pero, éste les lleva una morena en velocidad de adaptación. No digo que eso sea bueno para la nación, simplemente digo que es de esa manera.







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