Guayaba con papelón

6 de junio, 2016 - 2:10 pm
Redacción Diario Qué Pasa

Esta mañana un vigilante me pidió que por favor le comprara algo para comer porque no lo hacía desde el desayuno de ayer y se sentía muy mareado. Volví sobre mis pasos y compré dos empanadas de esas que ya no pago para mí, porque sus costos reflejan el prodigio que suman: aceite, harina de maíz y a estas alturas, cualquier relleno. Pedí específicamente el jugo más dulce que tuvieran y apareció el vaso oliendo a guayaba, sin pitillo porque no tenían.

Cuando el hambre le gana a la vergüenza y un hombre llora por un par de empanadas, se te mueven muchas emociones. Sacó una y envolvió la otra, primero en la bolsita de papel marrón y luego en la de plástico.

Sin empezar a morder la empanada que tenía en la mano, sobó el empaque diciendo: «Para la noche, muchas gracias». Se le aguaron los ojos antes de morder y después de hacerlo.

Trataba de hablar, pero solo complicaba la escena, porque se aceleraban las ganas de soltar el llanto y finalmente entre lágrimas, jadeos, mocos y bocados, se ahogaba por varias razones a la vez. Las palabras no siempre interrumpen la tristeza, pero igual intenté distraerlo hablándole de mis sobrinos que visité en Higuerote el domingo pasado, de mi trabajo y la cola de ayer en el Latino de El Milagro.

Más sereno, él habló de la prioridad que para comer tienen sus hijos, del trato casi intuitivo que hizo con su esposa para que así sea y por eso es que ambos están comiendo mucho menos, pero eso de hacer del insomnio un hábito, demanda otras energías y esta mañana supo que si no comía, se desmayaría; se envalentonó y me pidió el favor. Ninguna servilleta debería servir de pañuelo a un trabajador porque no puede pagarse la comida que necesita. A pesar de esto, él piensa con prospectiva y ha ido comprando algunos útiles escolares y habló con una prima —cuyos hijos tienen exactamente un año más que los suyos— para que le guardara sus libros y algunas ropas.

Hablar de sus hijos. Se las resumo con esta frase: «Si los parimos fue para cuidarlos y protegerlos». Es la primera vez que escucho a un hombre hablar del parto en plural.

Al llegar a la oficina resumí en tres tuits la historia, con toda la indignación que me produjo y sin medir el peso de mis palabras, descargué mi malestar cuatro veces seguidas contra quienes dirigen el Gobierno, pero sobre todo contra quien toma las decisiones. Varios regaños después, opté por borrarlos, por volver a la sindéresis y seguir apostando a la reflexión antes que a la ira. Sé que vienen días más duros, que escucharlo fue más importante que comprarle algo de comida, que nos veremos distinto, que es un papá más entre millones que atraviesan las mismas circunstancias.

«Uy, tiene papelón, qué sabroso», dijo al beber el jugo, muy despacio, como hacemos todos para que algo no acabe.

Una realidad que sin dudas quise compartir con ustedes.

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