«Llevaba seis meses sin conseguir champú anticaspa», expuso contenta Milagros, en una cola. «Ya ni eso podemos adquirir, porque los bachaqueros nos dejan sin nada», comentaba más adelante otra ama de casa, que busca desde hace tres meses poder ingresar al supermercado a comprar el denominado Axión, marca reconocida para desengrasar los platos servidos en las mesas. Se extinguió; salió en presentación líquida, por poco tiempo. Después aparecieron sus «primos», es decir, otras marcas, colores y hasta consistencias. Apenas llega, el poco puñado de clientes anotados en la larga lista de espera los obtiene, el resto que siga ingeniándoselas con sus platos malolientes, ya sea con el tradicional jabón de pasta azul, o con el poquitín del material en polvo que hace mucha espuma y que igual deja el fregadero y la bajilla limpios. Eso si se consigue, pues también es escasísimo.
Ah pues algo más cambió que descubrimos. En lugar de las amas de casa dar uso al desengrasante que una empresa vende por catálogos, para precisamente quitar fuertes manchas, pues el ingenio permitió descubrir que dos o tres gotitas del potente agente limpiador, en una taza con agua, surte el mismo efecto como si se tratase de un «arrancagrasas», como se publicita el producto. Sé, la mayoría de las zulianas los sábados dedican su quehacer al lavado de ropa y que a falta del detergente pulverizado, lo hacían o hacen con pasta azul, unen ciertos blanqueadores en líquido, además ponen a prueba las prendas con cloro, cloro jabonoso y limpiador en gel, o como fuere, con tal de tener los uniformes y las medias sin manchas, para que sus hijos vayan al colegio, o que el marido y ella tengan vestuario digno para la semana.
Pero bañarse es otro rollo. Alejandra, una desempleada, compra kits de jabones hechos de manera casera con glicerina que unas cuadras más delante de su casa elabora Nicolás, un docente que vio en esta creación, más que un ingreso alterno a su precario sueldo, una solución a no oler mal, dado que las marcas afamadas de alguna o otra manera bajaron su volumen de producción porque no pueden producirlas.
Se ve cada cosa, hasta con los desodorantes. Más de un lector no los consigue y si lo hace es vulgarmente «bachaqueado». Ahora hasta de Colombia, a ese país al que virtualmente se le cercó la frontera, nos provee de minidesodorantes marca Yodora en 800 bolívares, algo así como el 10% de la quincena que percibe un venezolano.
Insisto, esta eventual crisis nos cambió los modos de vida. Fíjense que hasta vecinas se reinventaron un método tradicional a falta de polvo facial o en virtud de los elevados costos del mercado. Ellas rayan la semilla del aguacate, dicha ralladura la secan al sol por varios días. Se pulveriza en licuadora y se aclara con maizina. Y pues si es por lo natural el limón y el bicarbonato de sodio, han evitado unos cuantos malos olores.
Las cosas que toca vivir y escribir, a fin de cuentas son anécdotas de nuestra crisis, en esa en la que el venezolano se reinventa y seguramente nos creceremos.






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