Culmina la semana mayor y todo vuelve a desarrollarse con el mismo afán, bajo los mismos esquemas y la población se reencuentra con sus problemas individuales y colectivos después de algunos días de esparcimiento, reflexión y comunión con Dios.
Los problemas del país y de nuestro estado Zulia no desaparecieron con la jornada de esta Semana Santa, tampoco nuestras angustias, objetivos y compromisos con esta sociedad, todo lo contrario, durante el asueto nos empeñamos en cuidar la vida y los bienes de nuestros ciudadanos, para que el disfrute cerrara con saldo positivo y estoy seguro que lo logramos.
La Semana Santa, es la conmemoración anual cristiana, en la se recuerda la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. El llamado Víacrucis es el camino que Jesús tuvo que recorrer, llevando sobre sus hombros el madero en el cual iba a ser crucificado, su muerte en la cruz y su sepultura. Quienes somos creyentes de la religión católica, y quienes creemos en los milagros del Nazareno de San Pablo, aprovechamos la procesión para pedirle el rescate de la salud de muchos enfermos y afligidos, por los ciudadanos que sufren en el desenvolvimiento de sus vidas, por el perdón de las almas de quienes se han ido y por la paz eterna para quienes perdieron la vida en la lucha por una mejor sociedad.
Ahora bien son esos los únicos días que tenemos para cumplir con nuestros deberes familiares, ciudadanos y espirituales? Indudablemente que no. El mensaje del papa Francisco se centró en el respeto a la vida de todos los seres humanos, en una oración perenne por la paz. al oír al Sumo Pontífice, bien podría decirse que la paz en el mundo cuenta con la mejor de las «bendiciones» para convertirse en un objetivo primordial. Sin embargo, lo cierto es que el concepto de paz mundial siempre ha servido de mero adorno retórico, cosa que quizá obedezca a que un mecanismo de bloqueo psicológico nos impide tomar en serio lo que para no pocos es evidente: que el mundo está permanentemente al borde del precipicio de una guerra que, sin duda, sería la última y definitiva.
Por tanto, ya culminada la Semana Santa debemos seguir implorando al Señor resucitado la gracia de no ceder al orgullo que fomenta la violencia y las guerras, sino que tengamos el valor humilde del perdón y de la paz. Pedir a Jesús victorioso que alivie el sufrimiento de tantos hermanos nuestros perseguidos a causa de su nombre, así como de todos los que padecen injustamente las consecuencias de los conflictos y las violencias que se están produciendo, que además son muchas.
El mundo globalizado propone imponerse a toda costa, competir, hacerse valer, pero los cristianos, por la gracia de Cristo muerto y resucitado, representamos los brotes de otra humanidad, en la cual tratamos de vivir al servicio de los demás, de no ser altivos, sino disponibles y respetuosos. De manera que vivamos la pasión de Cristo todo el año, vivamos la Semana Santa cada día. Todos los días…todo el año.






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