El imperialismo al desnudo

12 de abril, 2015 - 4:13 pm
Redacción Diario Qué Pasa

Hay ciertas desnudeces encantadoras; desde la  Venus de Botticelli, Las Hijas de Leucipo, La Maja de Goya, las mujeres en su flor de Gauguin en Tahití   y de allá para acá, una tradición de encantamiento de arroz con leche.

El diablo desnudo debe ser horrendo para los idealistas, que todavía lo creen el depositario de los males del mal. Pero el imperialismo desnudo sí que es espantoso y terrible para todos nosotros, esclavos del régimen de explotación del trabajo asalariado.

Obama, principal vocero del imperialismo yanqui-israelí, está desnudo, la implacable garra de la realidad, lo ha despojado de todos sus ropajes de mentiras. Ha llegado con su estampa fantasmal  a Panamá cubierto por las tinieblas humeantes de su terrorismo, y los rastros de la sangre fétida del genocidio reciente en el Oriente Medio.

¿Qué puede decir Obama, que no sea una mentira más? Seco está el cacumen de todos sus asesores, de nada le sirven los semiólogos, semántologos, psicólogos, entre los cuales está el mismísimo sobrino de Sigmund Freud, politólogos, sociólogos, antropólogos. Casi una decena de miles de piscos que han fabricado cualquier número de mentiras para que sean repetidas por los últimos presidentes de los Estados Unidos; cuánta acumulación de ingenio hay allí, y sin embargo, están impedidos hoy para inventar una nueva mentira realmente original para que sea dicha por Obama en la VII Cumbre de las Américas.

Las mentiras a Cuba están inventadas, pero son tan chimbas que su propio presagio ya comienza a desteñirse; esas mentiras «tienen las patas cortas», y ya comienzan a verse las costuras de un plan que procura tumbar la Revolución cubana, como en la guerra fría derribaron a la unión soviética.

Las mentiras sobre Venezuela, han sido solemnemente  burdas; han impuesto aquí  la lógica perversa de que las víctimas, de las «guarimbas» golpistas dirigidas por Leopoldo López, y del incesante terrorismo imperialista tienen que sudar para probar que han sido agredidos y ultimados.

Se afanan por  convencer a Venezuela y a una buena parte del mundo de que el decreto que firmó Obama, con la aprobación de las dos cámaras del Congreso, no considera a nuestra Patria una amenaza, y que tan poco el imperialismo constituye una amenaza para Venezuela.  Los gringos están desesperados;  le han dado la orden a Santos, su peón favorito del momento en su colonia de Colombia, para que salga a pronunciarse en contra del célebre decreto.  Todo el mundo sabe que el asesino de Sucumbíos no mueve el cerebro ni los labios si sus amos del pentágono no lo autorizan.

Otro vocero de menor monta ha dicho unas  cantinfladas sobre lo que expresa el decreto del desnegrado —persona que ha perdido su condición de negro y actúa de acuerdo a la prepotencia blanca racista—; Obama, el desnegrado, ha tenido que salir, intentando remendar el capote; pero entre más intenta aclarar, más oscurece la situación.

La diplomacia imperialista ha fracasado en sus relaciones con Venezuela; los últimos seis meses  no sale de un error para meterse en otro.  A todas estas, niegan la amenaza que contiene el decreto, pero independientemente que esa lavativa no tiene ningún viso de legalidad, no derogan el decreto, cuya petición para que sea derogada, está siendo avalada por casi diez millones de firmas de compatriotas; 3 millones de la Cuba de Martí; y por otros millones de rubricas,  de otras regiones del mundo.

El imperialismo al desnudo, sintiendo que China y Rusia se agigantan en su contra, no sabe qué hacer con su presidente desnegrado.

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