Francis Luther

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9 de agosto, 2014 - 2:24 pm
Redacción Diario Qué Pasa

*** El adiós al «Mozo» el hermano mayor. Con la desaparición física de Bernardo Blanco «Mozo», la seguidilla de malos ratos se mantuvo. Se fue el alma del grupo, el arreglista, director, compositor, ejecutantes de varios instrumentos, es decir Bernardo fue la columna vertebral de la Organización Los Blanco. Pero voy a la humano, a lo divino.

La figura del hermano mayor, algo esencial dentro de la conformación de la antigua familia venezolana, y que se extendió hasta el cambio de los tiempos, se mantuvo vigente en el seno de la familia  Blanco hasta el viernes cuando Bernardo, el «Blanco Mayor» sorprendió a todos con su inesperada partida. Quizá en muchos hogares el respeto hacia al hermano mayor aún se mantiene con la intensidad en que se manifestó en el seno de una familia, cuya educación doméstica rebasó todo los límites de la excelencia.

Bernardo fue una persona excepcional, jamás  se le escuchó decir una insolencia o una palabra fuera de orden reñida con la decencia. Todo lo bueno que Dios puede depositar en el corazón de un ser humano, lo hizo con Bernardo. Realmente era placentero entablar conversación con él, tan especial era. Su conducta en el seno de la familia sirvió de guía a sus hermanos, distintos en su modo de vivir, pero en presencia de Bernardo, lo aprendido de sus padres y lo aplicado por él se mantuvo firme. Podían vivir a su manera, pero en presencia de Bernardo todo era distinto.
Fue el otro padre que perdieron desde que Oscar su progenitor se marchó y más tarde María Herminia «Mamá Mina» su progenitora. A partir de tan duros momentos, y siendo todos adultos, acataron el mandato que asumió el más noble ser humano que hayamos podido tratar en este mundo. No hay palabras como describir a Bernardo Blanco. Por muchas palabras que intentemos buscar para resaltar sus dotes de ser humano, no las vamos a encontrar. Eso solo lo podemos saber y asegurar quienes lo tratamos desde muchachos en el campo petrolero La Concepción, primero, y luego en Tasajeras, allá en Lagunillas, donde nació la agrupación bailable como tal. Vimos crecer a los cinco bajo la gracia de unos padres que les inculcaron el respeto hacia «the oldest brother», el hermano más viejo, el hermano mayor, y esa noble costumbre se mantuvo a través del tiempo.

Por segunda vez en su larga vida Randy, residenciado en España quien no pudo estar presente en el postrer adiós a su hermano, Leopoldo, Ricardo y Cecilio, los hermanos  Blanco pierden a su otro padre que en vida lo fue Bernardo. Sabían de las dolencias que lo venían aquejando, pero no se imaginaron que la crisis sería tan temprano, aunque están en la onda de respetar la voluntad de Dios. Por lo buena gente que fue en vida, nos jugamos una línea: la entrada de Bernardo a la gloria, para estar al lado del Señor en la mansión celestial porque se lo ganó en vida con su humanitaria manera de amor hacia el prójimo.

El mismo día domingo se marchó también Violeta Villalobos, hermana de Mitzi y ambas fichas de Las Jockys, uno de los conjuntos femeninos de mayor rango en el ambiente de la gaita en los años 60. En el ambiente de la gaita no se escuchó decir nada al respecto. Paz a su alma.

*** En conversación con Jairo Gil le señalé las pretensiones de algunos de convertirse en compositores exitosos de la noche a la mañana. Eso de las musas es un don de Dios y no todo el mundo lo tiene. Le sugiero a quienes me envían sus producciones vía e-mail que se abstenga de elogiar como «qué molleja de gaita traigo», «tremenda producción» y «esta joya gaitera», no me mediatizarán en absoluto y dejar que sea el pueblo gaitero el que dé el visto bueno o no a lo que escribieron. Escuché un tema Papita, Maní y Tostón y de entrada pensé que era El Gran Caribe el que ejecutaba una gaita, con más tinte de merengue que de otra cosa. Allí está el detalle diría Cantinflas.

*** Dos historias verdaderas e inspiradoras:
La primera: Hace ya muchos años, Alphonse Gabriel «Al» Capone era el dueño virtual de la Ciudad de Chicago. Capone no era famoso por nada que fuere heroico. Su notoriedad se cimentaba más bien por sembrar la incertidumbre general en la «ciudad de los vientos» y en todo lo relacionado con piratería, extorsión, producción ilegal y contrabando de alcohol, prostitución y asesinatos, tráfico de drogas y terrorismo. Capone tenía un abogado a quien apodaban «Easy Eddie». Y era el abogado de Capone por una buena razón. ¡Eddie era bueno!, bien preparado y astuto. De hecho, las habilidades de Eddie en el manejo de las leyes y manipulaciones legalistas procedimentales, mantuvieron a «Big Al» —el Gran Al— fuera de la cárcel mientras fue su abogado y durante casi toda su trayectoria. Eddie casi llegó a ser magistrado del TSJ.
Para mostrar su aprecio, Capone le pagaba muy buen a Eddie. No solo con abultados cheques, sino que Eddie gozaba de comisiones y de beneficios especiales también. Por ejemplo, él y su familia ocupaban una mansión cercada con muralla en todo su perímetro, contaba con un tren de sirvientes de todo tipo y tenía todas las comodidades más modernas a la época. La mansión era tan grande que ocupaba toda una manzana de la zona residencial más prestigiosa de la Ciudad de Chicago. Eddie vivía la gran vida de la Mafia de Chicago y le prestaba poca o ninguna consideración a las atrocidades que sucedían a su alrededor. Pero Eddie tenía una gran debilidad. Su «talón de Aquiles». Eddie tenía un hijo al que amaba entrañablemente. Así que Eddie estaba siempre muy pendiente de que no le faltara nada a su joven hijo: ropas, automóviles, lujos, y una buena educación en prestigiosos colegios. Nada era suficientemente bueno para el hijo de Eddie. El dinero no era obstáculo. Sin embargo, a pesar de su relación con el crimen organizado, Eddie hizo esfuerzos en enseñarle a su hijo la diferencia entre el bien y el mal. Simplemente, Eddie deseaba que su hijo fuera un mejor hombre que él.
Desafortunadamente, con toda su fortuna e influencia, había dos cosas que Eddie no le podía dar a su hijo: ni un buen nombre, ni un buen ejemplo. Ello lo impulsó a encontrarse en una encrucijada en su vida y así, un día, Easy Eddie se enfrentó con una terrible decisión. Easy Eddie deseaba rectificar todo el mal que había hecho. Con absoluta determinación, Easy Eddie decidió que cooperaría con las autoridades y decir toda la verdad sobre la organización de Al Capone, tratando así de limpiar su nombre manchado, y ofrecerle a su hijo alguna semblanza de lo que significaba la integridad. Para hacer esto, Easy Eddie tendría que ser testigo ante los Tribunales en contra de la mafia, y él sabía perfectamente bien el costo que ello conllevaría. Así que Easy Eddie testificó. Al paso de un año, la vida de Easy Eddie terminó con una ráfaga de disparos de ametralladoras en una solitaria calle de Chicago. Pero ante sus ojos, como ya lo había comentado ante amigos, él le había dado a su hijo el regalo más grande que él podía ofrecer, y estaba dispuesto a pagar el más alto precio, lo cual en efecto sucedió. La policía removió el cuerpo de Eddie y en sus bolsillos encontraron un rosario, un crucifijo, un medallón religioso —probablemente de la Virgen María o de algún Santo— y un poema impreso tomado de una revista pegado con un clip.
El poema decía así: «Al reloj de la vida se le da cuerda solo una vez y a ningún hombre le está dado saber cuándo las manillas habrán de detenerse en cualquier temprana o dilatada hora». «El ahora es el único tiempo que te pertenece. Vive, ama, lucha con un propósito. No confíes tu fe al tiempo pues el reloj puede pronto detenerse».

La segunda: La II Guerra Mundial produjo muchos héroes. Uno de ellos fue el Lieutenant Comander —Teniente Comandante— Butch O’Hare. Era un piloto de caza, entre los más expertos, asignado al portaviones Lexington, nave madre de la flota del Pacifico Sur de los Estados Unidos. Un día su escuadrón completo fue enviado de emergencia a cumplir una misión y debieron despegar del portaviones con urgencia. Pero después de encontrarse en vuelo y en formación, Butch miró a su medidor de combustible y se dio cuenta que habían fallado en llenarle el tanque completo de su avión. Butch no tendría combustible suficiente para completar la misión y regresar al portaviones. Butch reportó su situación a su jefe del escuadrón, quien le ordenó regresar al portaviones. Con mucho pesar, Butch se salió de formación y se dirigió de regreso a la flota que navegaba por el Pacifico Sur comandada por su portaviones. Pero mientras regresaba a su nave madre, se dio cuenta de algo que le heló la sangre: un escuadrón completo de cazas japonés se dirigía a toda velocidad hacia la flota Americana

Los cazas americanos habían ya salido a otra misión dejando a su flota completamente indefensa. A Butch no le daba tiempo de regresarse y alcanzar al escuadrón de cuya formación había salido y llegar a tiempo para defender y salvar a la flota. Pero se dio cuenta además que tampoco tenía tiempo de llegar o aproximarse a la flota lo suficientemente para avisarles del ataque Japonés que se avecinaba. No había salida, solo le quedaba intentar desviar al escuadrón japonés para alejarlos de la flota. Dejando de lado todo pensamiento de seguridad personal, Butchse enfiló de lo alto en picada hacia la formación de los aviones Japoneses. Activó sus ametralladoras Calibre 50 montadas en sus alas y comenzó a disparar alocadamente mientras cargaba directamente hacia la formación japonesa. Así logró derribar a un primer enemigo sorprendido y otro más y otro más. Butch se desplazaba con mucha agilidad entre el escuadrón japonés desconcertado, al que ya lo había hecho romper formación y continuaba disparando tanto como pudiera a tantos aviones japoneses como les fuere posible hasta que sus municiones se agotaron.

Aún así, sin temor alguno, Butch continuó en el asalto. Se enfilaba hacia los aviones tratando de tocar las alas o sus colas con la esperanza de dañar tantos aviones enemigos como le fuere posible de manera de que les imposibilitara volar y tuvieren que aterrizar forzosamente en el mar o simplemente retirarse. Así, finalmente, el exasperado escuadrón japonés se dirigió hacia otra dirección al momento, seguramente producto de la orden de su comandante ante la inmensa confusión reinante. Muy aliviado, Butch O’Hare y su estropeado avión caza se dirigió accidentado de regreso a su portaviones. Butch había sobrevivido. Al aterrizar, reportó lo sucedido y relató los eventos que había tenido que enfrentar a su regreso después de haber salido de su formación. Las cámaras montadas en las ametralladoras corroboraron su historia. Demostraron a qué extremo Butch llevó su coraje para proteger a su flota. Butch había —de hecho— derribado cinco aviones enemigos y otros tantos no derribados por el habían amarizado forzosamente en el mar. Estas películas son todavía famosas. Todo esto sucedió el 20 de febrero del año 1942, y por esta acción, Butch llegó a ser el primer «As de la Naval» de la II Guerra Mundial y el primer Piloto Naval en concedérsele la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos.

Un año más tarde, Butch pereció en combate aéreo a la edad de 29 años. Su ciudad natal de Chicago no permitiría que la memoria de este héroe de la II Guerra Mundial se desvaneciera. Y así es como hoy, el Aeropuerto O’Hare de Chicago se llama precisamente así en tributo y honor a este gran joven héroe norteamericano. ¡Ah!…Pero… ¿Qué tienen que ver estas dos historias entre sí? ¿Cómo se relaciona la una con la otra? Butch O’Hare era el hijo de «Easy Eddie», el abogado de Al Capone…

¡Quedó escrito. Epa, ya está.
Nos vamos!

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