Caigámosle delante a la ruina

GASTON GUISANDES (2)
30 de marzo, 2017 - 8:26 am
Gastón Guisandes López / Editor del Diario QUÉ PASA

El aumento de sueldos y salarios que todos los años acuerda el Gobierno de turno para los trabajadores del país, en ocasión de celebrarse el Día Internacional del Trabajo, tiene contra el suelo a todos los empleadores del país: Los empresarios ven con horror nuevos aumentos que no podrán pagar por mucho que así lo quieran.

No hay productos que vender y si los hay, el consumidor no tiene dinero para comprarlos habida cuenta lo sucedido con los últimos aumentos, que bien sabemos no han terminado de entrar en vigencia cuando el incremento incontrolado de los precios ya se tragó el beneficio salarial impuesto a quien tiene trabajadores bajo su cargo y no sabe de dónde sacar los reales: Esta maniobra no es otra cosa que ganar indulgencias con escapulario ajeno.

Miles de empresas en todo el país, tanto públicas, como privadas, se encuentran endeudadas con sus trabajadores por no haber podido cancelar los aumentos decretados por el Gobierno en el pasado reciente, que sabiendo, como ciertamente lo sabe el Presidente, que en Venezuela la realidad económica es ruinosa y a pesar de ello se ordenan incrementos de salario y de los bonos de alimentación, que mandan a las nubes los pagos por concepto de vacaciones, las cotizaciones del Seguro Social, el aporte al Bono Habitacional, el pago al INCES y, en general, todos los pasivos laborales: «Lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta».

Lo pertinente es que el Gobierno convierta el aumento en un subsidio directo al trabajador (medida aplicada en cantidad de países del mundo cuando los gobiernos se han visto obligados a estimular e impulsar la economía, pero cuidándose de no meterse en espirales inflacionarios), sacando de los recursos públicos el dinero necesario a la vez que congelan los precios bajo severas sanciones a quien los incremente sin previa autorización de la autoridad.

Una medida como la propuesta —eliminar el subsidio al producto y trasladarlo al consumidor—, pone a este, al consumidor, el verdadero héroe de la realidad económica, en posición de privilegio, pues obteniendo ingresos que lo ayudan a mejorar sensiblemente su nivel de vida, el patrono no tiene motivos para incrementar los precios y es así como se rompe la cadena de la brutal, ruinosa y despiadada inflación que se deriva del maldito círculo perverso y sin fin: Aumento de sueldos, aumento de precios y nuevos aumentos de sueldo, que terminan acabando con la solvencia del trabajador, la del patrono y, finalmente, la del Gobierno.

Por otra parte, existiendo el subsidio directo al consumidor y no a los productores o comercializadores de bienes y servicios, se pondrían en marcha las cadenas de producción, con la seguridad de contar con un mercado regular y estable de consumidores porque los precios no se moverán hacia arriba pues habrá estabilidad en el valor de las materias primas y conocimiento anticipado de los precios que regirán el mercado.

Tenemos que parar en seco la escalada inflacionaria que arruinó a las empresas en general, a los trabajadores y a cuantos ejercen profesiones independientes; buena parte del aparato productivo se encuentra paralizado y cantidad de empresas, o han cerrado, o están en proceso de cierre o se han reducido al ámbito familiar.
Las empresas no pueden seguir bajando sus santamarías o cerrando sus puertas y los trabajadores no pueden seguirse sumiendo en la pobreza; al Estado corresponde arbitrar las acciones que repongan a Venezuela en el escenario de la prosperidad, del bienestar y de la seguridad social.

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