Morgue, la visita inesperada

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27 de mayo, 2014 - 2:50 pm
Redacción Diario Qué Pasa

Foto: Alfredo Chinaleong

A los vivos se les quiere y aprecia cuando están muertos. Es ley de vida. Se les persigue hasta el último aliento. Antes de que fueran acribillados a balazos, seguramente, no importaban

Todos los días es lo mismo, un ritual que no es ajeno a los ciudadanos de este estado, como pasa en el resto de Venezuela. Decenas y decenas de familiares se apilan ante la puerta de la morgue de la Facultad de Medicina. Solo van a retirar, en el mejor de los casos, un cadáver reconocible. Otra víctima más de la violencia o de la imprudencia. La procesión o romería se repite. Los chorros de lágrimas  y sollozos se reproducen de forma instantánea cuando no automática. Los muertos descansan en lúgubres camillas de metal. Falta la hora de la entrega de ese complejo de huesos, otro padecimiento que la administración impone.

La hora es lo de menos y el día también. Siempre hay gente apelotonada en sus puertas. Un último adiós, una despedida inesperada, unos llantos unidos a legañas madrugadoras o un gimoteo de última hora. A los vivos se les quiere y aprecia cuando están muertos. Es ley de vida. Se les persigue hasta el último aliento. Antes de que fueran acribillados a balazos, seguramente, no importaban. Socialmente no es correcto dejarlos solos en ese galpón de cadáveres.

El albergue temporal de los cuerpos es, sin lugar  a dudas, una especie de tabernáculo siniestro en el que cohabitan esqueletos y forenses. La pugna de siempre. Si hay muertos, hay muertos y, si hay forenses, hay agentes especializados en esa técnica médica.

Me encuentro frente a la morgue de la Facultad de Medicina. Hasta la piel se me desentona. Unas 15 personas apostadas ante la puerta principal de ese tanatorio. Personal de civil con su correspondiente armamento y sin ningún  tipo de acreditación, ni identificación. «Son del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC)», me aclaran. Menudo alivio, aunque no sea un consuelo.

Muro de lamentaciones

Guajiros, en su mayoría, reposan sus cuerpos sobre un baldío y lamido tabique de bloques. Nadie sabe cuánto tiempo aguantará su horizontalidad. Mucho menos su verticalidad, pero ahí está. Es una especie de muro de lamentaciones, una tapia que ha soportado y resistirá litros y litros de lágrimas.

Todos tienen un común denominador. Los muertos que custodian siempre son buenos. Nunca han traspasado la frontera de la ley y mucho menos han violado alguno de los términos establecidos en el Código Penal. Muy al contrario. Todo está italianizado y predomina la Omertá, esa ley del silencio o código de honor establecido por la mafia siciliana. Qué paradoja. Un contrasentido más, pero en la morgue todo es posible. Incluso, hasta ese juramento criminal vive entre los muertos.

Entre cinco y siete cadáveres diarios

Obreros de cualquier oficio, albañiles, alguno que otro empleado de comida rápida o chófer de carrito por puesto comparten a diario las vetustas instalaciones de la morgue de la Facultad de Medicina de Maracaibo.  Los agentes del CICPC adscritos  a la unidad forense libran todos los días su particular batalla con los cadáveres que les llegan. Se calcula un promedio diario que oscila entre los cinco y los siete cuerpos perfectamente tiroteados que entran en ese tanatorio. Un trabajo como otro cualquiera.

La delincuencia, aunque sustancialmente, la inseguridad ciudadana, no parece ser un problema de tasas de criminalidad y por consiguiente, de hacinamiento de cadáveres en las morgues. No, la dimensión, según algunos expertos en esta materia, es otra. Y tal vez, insinuantemente más grave.

Un problema de sanidad pública

Si hacemos caso a sus análisis, la inseguridad ciudadana se ha convertido en un problema de sanidad pública. Los homicidios se sitúan en el tercer lugar de los fallecimientos en Venezuela, por detrás del cáncer y de las enfermedades del corazón. No es una pandemia, pero la muerte violenta se aproxima y mucho a una epidemia con la que hay que convivir todos los días y en cualquier ciudad.

Los estudios también revelan un hecho muy significativo en este campo. Los pobres matan a pobres. El especialista Roberto Briceño León, del Observatorio Venezolano de Violencia, por ejemplo, asegura que «desde el punto de vista epidemiológico lo de las estadísticas vitales, las personas que mueren por cáncer o por enfermedades del corazón por lo regular pasan de los 50 o 60 años de edad».

Sin embargo,  apunta que «la mayoría de quienes son asesinados oscilan entre los 15, 20 y 25 años de edad, entonces uno saca una cuenta muy sencilla: si la esperanza de vida del venezolano promedio es de llegar a los 75 años y ese venezolano muere por cáncer o por alguna enfermedad del corazón a los 60 años se han perdido 15 años valiosos, pero si una persona muere por un balazo a los 20 años se han perdido 55 años». Es decir, el impacto en la sociedad es muchísimo más grande y eso hace que se convierta en un problema de salud pública».

Pobres matan a pobres

Para este experto en delincuencia y crimen, «es paradójico, porque a veces algunos funcionario y líderes políticos hablan de la violencia como una lucha de clases, pero no es así, aquí los pobres matan a pobres. Esto ocurre porque no hay protección, un Gobierno que cuide de las personas y que es la función fundamental del Estado de derecho, esta ha sido históricamente su principal función antes de cubrir incluso factores como salud y educación, está la seguridad física de la población».

La denominada «colombianización» de Venezuela tuvo su efecto y fue devastadora. La demoledora penetración en el país de las organizaciones criminales colombianas reavivó, seguramente, quimeras y la propia codicia que muchos venezolanos amamantaban en su interior y que al margen de una incomprensible venganza, se convirtió en un camino teñido de sangre y muerte para conseguir dinero fácil y rápido.

Pese a los estudios y análisis científicos que tratan de alumbrar el camino, la morgue de la Facultad de Medicina de Maracaibo continúa apilando a familiares de víctimas, muertos que siempre han sido buenos en vida, en su comportamiento diario y que jamás han andado acompañados de delincuentes y personas vinculadas al crimen. Esa historia se repite a diario.

La vida de la muerte

De hecho, la muerte en la morgue siempre está acompañada de vida. Cualquier familiar rememora, a veces sin preguntar, que el fallecido iba a comenzar a trabajar, que estaba estudiando para inscribirse en un instituto o que se estaba preparando para ingresar en el Ejército. En eso casi todos coinciden. El muerto iba a más y, encima, deja a su sombra niños de meses, pese a que solo tenían entre 18 y 20 años de edad. La desdicha se vuelve todavía más adversa.

Y mañana, la rutina seguirá. Esa procesión de familiares irá de nuevo a la morgue. Es una romería permanente, una peregrinación que no cesa. Los cadáveres serán otros, pero el desfile de personas es el mismo. Más chorros de lágrimas, más incomprensión, más frialdad y muchas más palabras de bondad hacia el fallecido. Un refresco y un pastelito y a esperar que la unidad forense entregue el cadáver. El resto de la mañana dedicada a darle tiempo al tiempo.

Las horas trascurren lentamente y el sol amado no cesa. Su efecto es demoledor, pero hay que hacer la espera con el sol amado encima de la cabeza. Hay que recoger el cadáver del familiar y trasladarlo para enterrarlo. Por fin llega la hora. Más lágrimas. Llegó la urna. Todo preparado. El olor a formol se dispara. Solo falta el velorio y enterrar. La familia se abraza y reúne, da la vuelta a la puerta de la morgue y se retira. Todo, prácticamente ha finalizado.

Una nueva medicatura forense

La nueva medicatura forense de Maracaibo tendrá una capacidad para 185 cadáveres. Es una de las más modernas del país y está ubicada junto a la sede central del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) del estado Zulia. El Ministerio de Interior, Justicia y Paz la ha dotado con todos los avances tecnológicos y científicos existentes en el mercado y ya ha invertido más de cuatro millones de bolívares en el complejo. El edificio está terminado, falta completar sus instalaciones técnicas. El edificio ha sido clasificado como una medicatura forense de tipo A, una marca que incluye todos los departamentos: psiquiatría, psicología, odontología, patología. Solo le faltaría la antropología forense y la radiología. Además dispondrá de once mesas para realizar autopsias, tres más de las que actualmente utilizan los expertos en la morgue de la Facultad de Medicina de LUZ. La obra abarca un terreno de 1.800 metros cuadrados y dispondrá de un área de atención a las víctimas. En ella existirán las salas de espera para quienes acudan a citas médicas.

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