Irán exige el levantamiento total de las sanciones, tanto las directas como las secundarias, y reclama además la liberación de los fondos, activos y propiedades iraníes congeladas en el extranjero. Es una de las reclamaciones más antiguas de Teherán, pero en este caso aparece formulada como parte inseparable de la tregua. No se plantea como una fase posterior ni como una concesión gradual. Se presenta como condición política para consolidar cualquier acuerdo.

A eso añade una demanda aún más ambiciosa: compensaciones por los daños económicos y materiales causados durante el conflicto. Ese punto eleva el listón de la negociación y refuerza la idea de que Irán no acude a la mesa solo para evitar más castigo, sino para salir de esta crisis con rédito político, financiero y estratégico.

El régimen necesita vender hacia dentro que la presión recibida no ha terminado en una cesión, sino en una imposición de condiciones a Estados Unidos.

El punto más delicado: el programa nuclear

La cuestión nuclear sigue siendo uno de los nudos más difíciles. Irán incluye entre sus exigencias la aceptación de su programa de enriquecimiento de uranio como parte del acuerdo. Ahí se concentra una de las tensiones de fondo de toda la negociación.

Para Teherán, ese reconocimiento equivale a blindar una parte central de su soberanía estratégica. Para Washington y sus aliados, en cambio, supone asumir una línea roja que durante años había servido de base para sanciones, inspecciones y presión diplomática.

El plan incorpora además la revisión o anulación de anteriores resoluciones internacionales y reclama una nueva resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que respalde el futuro acuerdo de forma vinculante. Esa exigencia responde a una desconfianza muy concreta. Irán no quiere un pacto dependiente solo de la voluntad política de la Casa Blanca. Quiere un marco más difícil de revertir y con respaldo formal internacional.

Todo eso dibuja un decálogo de máximos. No es un borrador técnico ni una simple propuesta de desescalada. Es un intento de aprovechar la tregua de dos semanas para forzar una negociación mucho más amplia, con efectos sobre la seguridad regional, el equilibrio militar, el mercado energético y el contencioso nuclear.

Trump ha optado por no cerrar la puerta y ganar tiempo antes de que expirara su ultimátum. Irán, por su parte, intenta presentar este momento como una posición de fuerza.