Vladimir Putin se ha dedicado a recuperar el decoro ancestral ruso, después que el estado social de su país fuera avasallado, su economía y la clase política arrodillada.
Las acciones que ha emprendido Rusia con bastante éxito, desde comienzos de año no son más que respuestas legítimas y, por cierto, intensamente refrenadas, a las constantes humillaciones sufridas por ese país desde que en 1991 decidiera cambiar el sistema.
Depuestas las armas rusas y seguro de su hegemonía económica y militar Occidente se dedicó desde entonces a someter y avasallar a Rusia de tal manera, que nunca pudiera volver a resurgir. Este programa, planificado por los sempiternos enemigos de Rusia —la élite europeo-norteamericana— se venía ejecutando valiéndose de una doble pinza constituida, en primer lugar, por instrumentos económicos como las inversiones en sectores claves de la economía rusa —materias primas y energía—, pero de forma más profunda y dañina aún mediante la imposición por parte del FMI de un programa de privatizaciones que habría destruido el Estado social ruso, socavado las perspectivas de una democracia real y creado una clase de oligarcas corruptos sin más principios que el enriquecimiento y el servilismo a Wall Street y la City (Londres).
En paralelo al sometimiento económico, Occidente continuó una lenta, pero ineludible política de aislamiento geopolítico de Rusia. En lugar de disolver la Otan, que hubiese sido lo lógico teniendo en cuenta la disolución del Pacto de Varsovia, Occidente no cejó hasta que logró que todos los exsocios europeos de la URSS, desde Estonia hasta Rumanía, se integraran a la Otan.
La ambición de la UE no habría sido menor, pues inmediatamente después de la caída del Muro absorbió a nada menos que 16 países, muchos de ellos históricos aliados de Rusia, como Bulgaria, o tradicionalmente neutrales, como Austria o Finlandia, creando un mercado interior de 500 millones de habitantes inmensamente rico desde el que impuso las normas y estándares que Rusia debía cumplir si quería participar en la economía mundial; es decir mas humillación.
Y para rematar la jugada, Occidente no solo disgregó al único aliado ruso en la región, Serbia, sino que se dedicó a promover las llamadas «revoluciones de colores» en el espacio exsoviético, desde Ucrania hasta Kirguizistán, con el objetivo de lograr aún más aliados para su causa de mantener a Rusia rodeada, sometida, y humillada.
La situación actual
Lo visto en Ucrania durante los últimos 12 meses no sería sino el último hito de esta perversa estrategia. ¿Qué más le hacía falta a Occidente? Que los pueblos del oriente históricamente ligados a Rusia le pusieran en bandeja de plata la destrucción de su lengua y su cultura, para que EE UU dominara totalmente la frontera con Rusia, y al mismo tiempo permitir el ensalzamiento como héroes de los neonazis del Maidán y cohonestar el engaño a Yanukóvich, a quien le prometieron una transición mientras le organizaban un derrocamiento?
Al analizar con cierta perspectiva lo ocurrido en Ucrania desde el golpe de Estado de Kiev (feb-2014), se consigue un hecho objetivo al día de hoy (4 feb-2015): Putin no ha invadido militarmente el este de Ucrania, pese a que la agorera prensa occidental se rasgara las vestiduras desde el primer momento vaticinando lo contrario, en medio de una histeria mediática. De hecho, hubo quien comparó a Vladimir Putin y a Crimea con Hitler y los Sudetes, e incluso quien vaticinó la entrada de tanques rusos en Tallin, Riga y Vilnius. Los únicos que se han extendido hacia las fronteras rusas en los 20 años últimos —y siguen haciéndolo— son los militares de la Otan.
Lo de Crimea entra en otro contexto. Esa península fue parte de Rusia desde el siglo XVIII hasta que Nikita Jrushchov se la regaló a la Ucrania soviética en 1954, en un gesto descabellado de dadivosidad, de la misma forma que podía haberle regalado un puñado sputniks o de misiles, un iceberg del Ártico o 10 bombas nucleares. En Crimea guerreó el joven Tolstói como oficial de artillería —El Sitio de Sebastopol—.
Y Putin dijo basta
No es de extrañar que Putin haya dicho ¡basta! ¿De qué se sorprende Occidente? ¿De que los demás pueblos del mundo también quieran dignidad?
La política europea hacia Rusia está llena de falsedades y de doble moral, basada en un complejo de superioridad, que la historia se lo ha quitado cada vez que su élite ha querido imponerse. La reacción moscovita no es mas q’ pura dignidad. Y es poco. Bastaría que Ucrania atacara a cualquier unidad rusa para que Putin pulverice en un segundo toda la inmundicia que respalda a esa derecha que se ha adueñado de Kiev. Por eso, pareciera que no es momento de provocaciones.
De darse un conflicto, la UE piensa que EE UU intervendría con toda su fuerza en su auxilio. Pues a bajarse de esa nube. La enorme crisis ha hecho al gigante americano muy cauteloso y sabe que enfrentarse directamente a Rusia, además de peligroso, por la paridad de fuerzas, es inviable económicamente. Europa (UE) se quedaría sin la energía y Alemania perdería el gran mercado ruso que tiene al voltear la esquina. Además de que los teutones no podrían soñar jamás en ser una gran potencia geopolítica. Para serlo necesitan del mercado y de la fortaleza militar moscovita.
La tradición rusa
Basta volver la vista atrás 20 años para entender cuál era la Rusia que anhelaba el Nuevo Orden Mundial, instalado después de la caída del llamado Muro de Berlín.
Con su habilidad característica para la intoxicación, los líderes del Nuevo Orden presentan a Putin como una suerte de zar, maligno, una especie de Rasputín moderno, dispuesto a pisotear el Derecho y a atizar guerras con tal de imponer su megalomanía imperialista, o lo presentan como un tremendo homófobo y un tradicionalista.
Basta volver la mirada veinte años atrás para entender cuál era la Rusia que el Nuevo Orden Mundial ansíaba: Arrasada por el borracho de Boris Yeltsin y compañía que había tratado de exterminar hasta el último vestigio de la Rusia tradicional, poniéndola en manos de gobernantes ineptos, títeres de intereses foráneos que, con la excusa de desmantelar el comunismo, se dedicaron a poner el país en subasta, adueñándose, además, de todos sus activos.
En aquel desmantelamiento de la URSS, la Rusia tradicional fue sometida a todo tipo de vejaciones, entre ellas la independencia de Ucrania, con regiones que allá en la noche de los tiempos, habían sido fundadas y pobladas por rusos, o que habían sido ganadas por rusos en combates contra el otomano (Crimea).
Pero aquella Rusia puesta de rodillas, resignada a convertirse en un lupanar, comenzó a recuperar su dignidad con Vladimir Putin, que hizo suyo el proyecto de revivificación de la tradición rusa avivado por hombres, que pese a haber sufrido el estalinismo en sus carnes, no consideraban que la alternativa a aquellos procederes fuese el deletéreo liberalismo occidental, que Solzhenitsyn, por ejemplo, ensalzado por Europa, condenó con igual acritud que al estalinismo.
Ese revivir de la tradición rusa exigía, de entrada, una recuperación de su fe y cultura milenarias, acompañada de un renacimiento demográfico que combatiese el estado de desmoralización y desencanto que postraba a la sociedad. Y un restablecimiento de las fronteras que, a la vez que rechazase los abusos imperialistas, reintegrase pacíficamente parte de Ucrania y Bielorrusia, cunas históricas de Rusia.
Todo este extenso plan de recuperación de la tradición rusa ha tratado de hacerlo realidad Putin, con las limitaciones y las interferencias de algunos intereses espurios propios de todas las empresas humanas, aun de las más nobles.
Su simbiosis de Rusia con China, es error de Occidente —sobre todo de Europa— que lo lamentará durante todo este milenio.






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