La Policía de Nepal ha comenzado a solicitar muestras de sangre y perfiles de ADN a los miles de allegados que se agolpan en busca de respuestas
Una semana después de sufrir la peor riada de su historia reciente, Nepal enfrenta una catástrofe humanitaria y forense sin precedentes. El último balance oficial de la Autoridad Nacional para la Reducción y Gestión del Riesgo de Desastres (NDRRMA) eleva el número de fallecidos a 1.252 personas, mientras que otras 4.216 continúan desaparecidas, entre ellas 583 extranjeros. Sin embargo, el lento avance en las labores de identificación ha permitido entregar solo 95 cuerpos a sus familias.
Identificación colapsada y solicitud de ADN
La magnitud del desastre y el estado de los restos recuperados han colapsado los protocolos habituales. Ante esta situación, la Policía de Nepal ha comenzado a solicitar muestras de sangre y perfiles de ADN a los miles de allegados que se agolpan en busca de respuestas.
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A la dificultad del terreno se suma la complejidad de fijar un recuento exacto, ya que las labores de rescate hallan constantemente restos fragmentados que complican la contabilidad oficial y amenazan con duplicar cifras de víctimas.
Un impacto devastador a lo largo del río Trishuli
El fenómeno, registrado el pasado 26 de agosto, provocó una crecida descomunal de entre 15 y 18 metros por encima del nivel habitual del río Trishuli. La riada arrasó con todo a su paso en un tramo de 72 kilómetros, destruyendo asentamientos enteros.
La crisis trasciende además la frontera nepalí: en la región vecina del Tíbet (China), las autoridades del condado de Gyirong mantienen un cómputo de 21 fallecidos y 541 personas sin localizar. Los equipos de rescate continúan trabajando a contra reloj en la zona afectada, aunque las esperanzas de hallar supervivientes son cada vez más remotas.







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