De los viajes papales a México

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18 de febrero, 2016 - 2:27 pm
Redacción Diario Qué Pasa

Fotos: Agencias

En contraste con su preantecesor Karol Wotjila, ese papa unipolar de guerra fría y antisoviético, Francisco es un papa diferente, ligado a los pobres, y a la multipolaridad como objetivo de equilibrio internacional

Karol Wojtyla tomó a México por asalto. Miguel de la Madrid, religioso, educado en colegios católicos, fue cauto en los pasos dados. Pero Carlos Salinas de Gortari aceleró el proceso, seguro de que haberse educado en escuelas laicas y del gobierno, junto con las ideas de izquierda de sus progenitores, le facultaba a construir relaciones con el Vaticano y, aún más, reformar la Constitución para reducir a nada la separación Iglesia-Estado, sin que los leales del laicismo lo condenaran. De milagro, más bien, y gracias al pensamiento laico de José Lamadrid, legislador excepcional, el gobierno mexicano preservó la facultad de controlar, y de exigir el registro de las iglesias en la Secretaría de Gobernación.

Carlos Salinas recibió a Juan Pablo II con toda pompa, con relaciones diplomáticas y reformas a la Constitución, las que instituyó el radicalismo liberal de 1857 y el ímpetu revolucionario de 1917.

Ernesto Zedillo mantuvo la sana distancia frente al cambio de régimen legal con Roma que se quedó en transición. No asistió al acto religioso en la Basílica, pero sí lo hizo su esposa, y una hija que recibiría de manos papales su primera comunión.

Vicente Fox manipuló el crucifijo tras prometer que haría una revolución Cristera… Como presidente de México se postró a los pies de Juan Pablo II, al recibirlo. Nada que reprochar a Wotjila. Para Fox no existía el Estado laico; la Constitución mexicana era obra del demonio, fuente de la rectoría económica del Estado, de los derechos de la población, y de la libertad de ideas contrarias a su visión creacionista del mundo. La dignidad de su fe al ponerse de hinojos ante el pontífice romano y besarle la mano, es indigno gesto de sumisión cuando lo hace un jefe de Estado ante otro.

Francisco, haría suyos los reclamos de justicia de millones de mexicanos víctimas de la violencia criminal, del narco, del crimen organizado, del terrorismo estatal y de las desapariciones forzadas. Fue recibido —con muchas críticas— en Palacio, por Peña Nieto, quien asistió a la Basílica. Palabras conciliadoras, convocatoria a la tolerancia y una condena a la corrupción y a la impunidad imperantes.

Resulta preocupante que sólo ante la visita del Papa, el gobierno admita los efectos perversos del actual modelo económico, pese a que estos han sido denunciados y padecidos por la población durante más de tres décadas, sin que ello haya ameritado, hasta ahora, el mínimo gesto de comprensión de las autoridades. Similares juicios pueden formularse respecto de las críticas enunciadas, en el discurso presidencial, contra el consumismo, el individualismo y demás valores que son —cotidianamente— preconizados por el actual grupo en el poder.

Da la impresión de que el gobierno de Peña Nieto busca congraciarse con una persona cuya influjo mediático y liderazgo son incuestionables, y quien se ha transformado en una voz respetada en el ámbito internacional. Esa actitud de Peña da cuenta de un gobierno proclive al oportunismo más que a la formulación de análisis honestos, autocríticos, y profundos sobre la realidad mexicana.

El mensaje a los obispos: reconvención, regeneración, y expiación

Dentro de la Catedral Metropolitana de México, Francisco invitó a los obispos a la conversión pastoral, y al Episcopado a ser un factor profético frente a temas como el narcotráfico, los migrantes, la exclusión social, y sobre todo, a que sean referente de esperanzas para los jóvenes.

El Papa les pidió a los obispos no salvaguardarse en condenas genéricas, ni en chismes, tener bravura profética y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir a entretejer la delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza.

El mensaje para el episcopado fue una pieza concentrada en referencias doctrinales, teológicas y pastorales con duras expresiones y reprensiones a los obispos. El Papa reconoció que la cúpula eclesial está dividida y les pidió que se peleen como hombres. Advirtió: «sean por lo tanto obispos de mirada limpia, de alma transparente, de rostro luminoso. No le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para q’ sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la columna de fuego.  ¡Ay de ustedes si se duermen en los laureles!” En consecuencia, les suplica que es necesario superar la tentación de la distancia del clericalismo, de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la vanidad del cargo.
Muchos de los altos prelados debieron sentirse incómodos con el discurso espeso e intenso de un Papa que efectivamente quiere sacudir a una jerarquía conservadora y demasiado complaciente con los poderes, el sistema mercantil, y los poderosos.  Y el Papa cerró recurriendo, de manera irónica, a una de sus metáforas favoritas: «la Iglesia no necesita de príncipes».

Francisco ha desarrollado su gira en dos trazados, que son contradictorios. Viene como jefe del Estado Vaticano (pontífice), pero ha actuado como pastor en gira de proselitismo social y de afianzamiento de la estructura local de gobierno transnacional. Ha regañado a la clase política y al alto clero (como si a éstos les preocupara mucho escuchar discursos) pero, no ha tocado un tema definitorio en México, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y tampoco se ha referido a algo que le corresponde abordar enteramente, el de la pederastia clerical, en sí misma y, en particular, como un crimen ocultado y protegido por la jerarquía episcopal y el propio papa Juan Pablo II.

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Los contactos con el pueblo: lo bueno y lo malo

Su homilía en Ecatepec y los mensajes dirigidos a los poderosos han continuado con la tónica de crítica social hacia quienes explotan al pueblo. Sin embargo, se siguen arrastrando vicios entre los organizadores. Se han dispensado lugares privilegiados a los poderosos, influyentes y gorrones en los actos del Papa; así en los organizados por la Conferencia episcopal manifiestamente conservadora en el aeropuerto, Palacio Nacional, en las basílicas y misas: los potentados estuvieron en lugares preferentes.

Angélica Rivera de Peña tuvo su momento estelar cuando el visitante argentino acudió a un hospital de niños que la actriz coordinó, con la participación de músicos, actores y cantantes de Televisa. Estos vicios ponen en entredicho los mensajes de inclusión y antiprivilegios que el Papa predica.

Lo positivo es el papel secundario del cardenal Norberto Rivera (teólogo de la prosperidad y resuelto defensor del depredador Marcial Maciel) acusado de proteger pederastas, y de los obispos de Oaxaca (José L. Chávez) San Luis Potosí (Jesús Cabrero), de Cancún-Chetumal (Pedro P. Elizondo), carnal de Maciel, que son una vergüenza para la juventud mexicana. El cardenal Rivera fue uno más entre la comitiva de Francisco y su perfil fue intrascendente, diferente a cuando venía Juan Pablo II y la organización recaía en los Legionarios de Cristo.

Francisco ha conseguido conectar. Ha dictado lecciones de liderazgo social a partir de premisas sencillas: empatía, proximidad, apertura, visión crítica y sutil valentía. No es marketing político ni mercadeo de imagen al estilo Wotjila, sino capacidad ética para vincular las expectativas, esperanzas y aspiraciones de un pueblo invisibilizado y enmudecido por la grotesca y racista sociedad capitalista de México.

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