
Foto: Agencias
Poco o nada son los vestigios que perduran a lo largo de la historia del deporte más popular de Venezuela; el béisbol.
Como consecuencia, se sucede una amnesia colectiva que enturbia la memoria, borrando, casi por completo, el recuerdo de los mejores años del deporte y sus figuras, convirtiendo hazañas en cuentos pasajeros o solo el rumor de un vago recuerdo.
De un miedo al ocaso
A pesar de su talento, José de la Santísima Trinidad Bracho, poco pudo hacer para doblegar la fobia que le impedía volar. Su hijo Iván asegura: «A papá no le faltaba nada como lanzador, al contrario, le sobraban cualidades. Solo que el pequeño detalle del miedo a volar evitó la posibilidad que vistiera un uniforme en la pelota mayor».
«Carrao» —apodo que heredaría de su padre Alcibíades Bracho— logra sobreponerse a su temor a los aviones e incursiona en el equipo «San Antonio de Texas» —alcanzando un total de 11 victorias— y con «Houston» en clase A en los Estados unidos. Más tarde viste el uniforme de los equipos Toronto y Habana Sugar Kings, en la categoría triple A. Pero su gran oportunidad llega «en 1955 jugando para el Sugar Kings, equipo triple A, filial de los Rojos de Cincinnati en la Liga Internacional de los Estados Unidos, donde ganó nueve juegos y estuvo a un paso de subir a las Grandes Ligas, pero el dueño del equipo, Bobby Maduro, prefirió que se quedara para la Pequeña Serie Mundial, que se realizaría ese mismo año», cuenta el recopilador Reinaldo Salas.
Su periplo fuera del país fue corto, de 1951 a 1956 cuando cerró su participación en las categorías menores; lanzó en 71 encuentros, 40 de ellos como abridor, cosechando 18 victorias y 19 derrotas con una efectividad de 3.22. Más allá de su temor a volar otro de los factores que lo forzaron a volver al país fueron las largas travesías. «El viejo me contó que no soportó los largos viajes y que un día se dijo a sí mismo que si los gringos quieren que les piche que se vengan pa’ Venezuela», soltó entre risas el único hijo varón del «Carrao».
El «Carrao» pícher
Cotorrera, El Milagro y el final de Bella Vista sirvieron como campo de formación a un «Carrao» que en sus primeros años desconocía el poder de ese brazo dispuesto para pichar y no para la tercera base o receptoría, posiciones donde se desempeño hasta que el dirigente deportivo Eugenio Silva Romero le recomendara convertirse en lanzador.
Su primer equipo organizado en el béisbol aficionado fue el «Oxigen Plant» de la población de punta Leiva, Distrito Miranda. Como aficionado era un deportista fuera de serie, vale la pena recordar un partido donde el «Carrao», vistiendo el uniforme de Estrellas del Milagro, en un partido disputado en el terreno conocido como el «Cascajal», situado en El Empedrao, enfrenta a Acción Democrática otorgándoles 22 ponches demostrando así el poderío de su brazo.
Algunos recuerdos del «Carrao» profesional
No es hasta la temporada 1948-1949, cuando José Antonio Casanova observa al «Carrao» —para entonces jugador del «Orange Victoria»— y lo firma con el equipo Cervecería Caracas, dando el salto al profesionalismo el 15 de diciembre de 1948, en el estadio Cerveza Caracas, logrando blanquear al equipo Venezuela, permitiendo solo tres hits en el encuentro. En el trascurso de su carrera fue cristalizando grandes temporadas que iban dando forma a la leyenda del zuliano. Alcanzo grandes logros de por vida en nuestra pelota, entre ellos: líder por juegos ganados y temporadas: 1951-1952, 1954-1955, 1960-1961, y 1961-1962. Además logro el liderato de efectividad en tres temporadas, 1948-1949, 1954-1955 y 1960-1961. Su dominio se consagra con 109 victorias, convirtiéndose en el pícher más ganador de nuestra liga.
Lanzó un total de 1758 episodios en 21 años de carrera en nuestra pelota local defendiendo uniformes como Cervecería Caracas, Pastora, Orientales, Tiburones de La Guaira, Leones del Caracas, Oriente, Cardenales de Lara, y Águilas del Zulia equipo con el cual se retiró.
Su presentación
Desde que inventó —como afirman muchos— (The Fork Ball) el lanzamiento de tenedor, lo utilizó para enfrentarse y muchas veces ridiculizar a los bateadores. Con una recta potente solo necesitaba de un pitcheo que sirviera para trabajar a los contrarios y es cuando por casualidad nace su arma letal. «meterse la bola entre el dedo índice y medio y tirarla fuerte, para su sorpresa le salió la bola con tal efecto que hizo abanicar a un monstruo de la talla del mítico jardinero de los Gigantes de San Francisco», apuntó con nostalgia su hijo Iván Bracho.
Fueron transcurriendo los años y el «Carrao» Bracho siguió perfeccionando su lanzamiento, hasta tal punto, que era casi imposible batearlo. Cuenta Juan Vené que durante una noche de cena en Maracaibo, el cubano Roberto Ortiz, jugador del Pastora en aquellos años, le dijo que «el fork ball (bola de tenedor) del ‹Carrao› Bracho también sería el mejor de las Grandes Ligas. ¡Eso no lo batea nadie!». Siempre defendió la loma fajándose con cada bateador que enfrentó y nunca falto alguna ocurrencia o chiste a partir del emblemático lanzamiento; su bola de tenedor.
Al final de la historia
Cuando el nombre de José «Carrao» Bracho me sonó en los oídos, gracias a una conversación de béisbol con el tío Melvin, desconocía todo lo que había alcanzado; sus números e importancia dentro de nuestra pelota criolla. Aquel humilde muchacho que llegó al mundo un 23 de julio de 1928, en Maracaibo, y cuya carrera comenzó en los terrenos que circundaban su hogar, lograría en agosto de 1986 convertirse en miembro del Salón de la Fama de Venezuela sellando su carrera con el distintivo de «el mejor lanzador de nuestra pelota», títulos que lo convierten en un baluarte para la cultura de Venezuela y el Zulia.







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