Por Dirwings Arrieta
Hay una nueva profesión en Venezuela que ninguna universidad enseña y que, sin embargo, produce más «expertos» que todas las escuelas de ciencias políticas del país juntas: los opinadores políticos de redes sociales.
Estos personajes que un día despiertan siendo críticos gastronómicos, al mediodía analizan el rendimiento del Real Madrid, y a las tres de la tarde, sin transición, sin pudor y con un aro de luz recién desempaquetado, se transmutan en catedráticos geopolíticos para explicar por qué tal decisión de la ONU es un «error histórico» o por qué determinado dirigente «no tiene idea de lo que hace».
Nunca han tocado un libro de teoría política ni por error, jamás han leído un texto de historia con un mínimo de rigor y confunde un sistema parlamentario con una reunión de condominio, pero opinan de absolutamente todo con una soberbia categórica que envidiaría cualquier académico con tres doctorados. Es el triunfo aplastante de la audacia sobre el conocimiento: el milagro moderno donde la ignorancia supina, bien iluminada y con un micrófono de solapa, se vende como lucidez republicana.
Lo primero que hay que entender es que estos analistas de cafetín digital no buscan explicar la realidad, sino monetizar el sesgo de su audiencia. Ese es el modelo de negocio: decirle a la gente exactamente lo que quiere oír, aliñado con la dosis exacta de indignación fingida o burla socarrona. Los clics garantizan alcance, el alcance atrae patrocinios de bodegones o casas de apuestas, y así la profundidad del debate público queda supeditada a lo que diga el algoritmo.
Poco importa si sus teorías sobre la inflación, las sanciones, las leyes o la migración carecen del más elemental sustento empírico; lo único determinante es que la consigna sea estruendosa, que el titular sea un anzuelo perfecto y que genere ese alivio digestivo en el espectador: «¡Por fin alguien dice la verdad!».
En este formato, la política deja de ser la disciplina para entender la complejidad social y pasa a ser un circo de espejos diseñado para aplaudir nuestros propios prejuicios.
El fenómeno tiene un costado cómico irresistible. Ver a un sujeto pontificar sobre geopolítica global basándose en «fuentes secretas de entero crédito» —que en realidad es un hilo de X que leyó mientras esperaba el café— roza la comedia del absurdo. El problema empieza cuando la bufonada se toma en serio, el video acumula miles de compartidos y la especulación barata se consolida como verdad absoluta en la cabeza de millones. A este «Maquiavelo con wifi» le basta poner voz cavernosa, ajustar el encuadre en 4K y estampar la palabra «ANÁLISIS» en la miniatura para que su corazonada matutina sea citada como si fuera jurisprudencia o doctrina internacional.
Las consecuencias de esta dinámica son devastadoras. En primer lugar, se fabrica una polarización caricaturesca: para el opinador de oficio no existen los matices ni los grises, porque la duda no produce interacción. El mundo debe dividirse entre héroes impolutos y villanos diabólicos para que la masa enfurecida deje su comentario.
En segundo lugar, se destruye el pensamiento analítico: ya no se discuten instituciones, políticas públicas ni viabilidad económica; la discusión se reduce a ver quién «barrió» o «destruyó» a quién en un video de 60 segundos, transformando la política en una pelea de barrio de entretenimiento barato.
En tercer lugar, se consolida una peligrosa desconfianza hacia la experticia real. Si un creador de contenido sin formación logra más audiencia y credibilidad que un sociólogo, un economista o un abogado penalista con décadas de ejercicio, la señal que se envía a la sociedad es nefasta: ¿para qué estudiar? ¿para qué investigar con rigor? si para tener la razón solo se necesita un buen filtro de cámara y la audacia de hablar sin saber.
Y así, se posiciona la paradoja más amarga: Venezuela, golpeada por crisis estructurales que exigen a gritos ciudadanos formados, capaces de analizar con criterio y construir soluciones sobre bases sólidas, está produciendo en masa analistas de utilería que confunden la charlatanería con el saber y la viralidad con la verdad.
Un país no se reconstruye ni se administra con recetas mágicas redactadas en TikTok ni con monólogos viscerales con música dramática de fondo. Se reconstruye con conocimiento verificado, con rigor institucional y con una ciudadanía capaz de distinguir entre un análisis serio y un show mediático.
Todo esto es, simplemente, el síntoma de una sociedad que, hastiada del discurso vacío de la política tradicional, terminó refugiándose en un discurso exactamente igual de vacío, pero con mejor edición, mejor audio y formato vertical.







Comente