Por: Dirwings Arrieta
El próximo primero de agosto inicia en Venezuela un hito histórico: la instalación de la mesa de diálogo entre la representación legítima de la Revolución Bolivariana —encarnada en la Asamblea Nacional— y los sectores de la oposición que han decidido abandonar la vía insurreccional.
Como militante convencido de este proyecto emancipador, celebro que la razón y la constitución se impongan. Este paso demuestra que la política del entendimiento triunfa sobre la violencia, y reafirma que nuestro pueblo exige paz para seguir construyendo su soberanía.
Durante años, la extrema derecha impuso una narrativa destructiva basada en el enfrentamiento, el desconocimiento de las instituciones y la subordinación a los mandatos de potencias extranjeras. Personajes como María Machado y Leopoldo López encarnaron esa línea apátrida del “todo o nada”: llamaron a la guarimba, promovieron un bloqueo económico que agredió directamente la mesa del pueblo venezolano y alentaron escenarios de violencia que solo dejaron dolor y división.
Esa vía extremista demostró ser un rotundo fracaso político y ético; una estrategia que sacrificó el bienestar de la gente en función de intereses oligárquicos y agendas dictadas desde afuera. Hoy, la decisión de estos sectores de sentarse a negociar con el poder popular institucionalizado marca un quiebre histórico.
Este diálogo no es una concesión ni una muestra de debilidad de la revolución; es la prueba irrefutable de nuestra madurez política y fortaleza moral. El proyecto bolivariano, fiel al legado del Comandante Chávez, siempre ha tender la mano por la paz y la inclusión, jamás por la revancha ni la exclusión.
Quienes insistan en el golpismo y el chantaje internacional solo encontrarán un destino: el aislamiento político y el rechazo de un pueblo que ha demostrado en cada batalla electoral su vocación democrática y constitucional. La transición de la que se hablará en esta mesa no es la rendición que soñaron los promotores de invasiones militares o sanciones criminales. Es la transición hacia la convivencia pacífica, el respeto a la soberanía nacional y la consolidación de un espacio donde las diferencias se debatan sin violencia.
La polarización extrema no le dejó nada al país. Los sectores que hoy deciden sentarse a dialogar hacen mucho más por la Patria que aquellos que durante dos décadas solo ofrecieron odio y llamado a la insurrección. Como militante político de este proceso confío en que esta nueva etapa sea el camino para afianzar la estabilidad, la justicia social y el desarrollo nacional.
Las sombras de la violencia política representadas por el extremismo quedan atrás. Venezuela avanza decidida por la ruta del entendimiento, la dignidad y la paz soberana.







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