Opinión

El Servilismo de María Corina Machado

Dirwings Arrieta
20 de enero, 2026 - 2:00 pm
Dirwings Arrieta

Por Dirwings Arrieta

Hay momentos en la política que definen el carácter de un líder. La reciente decisión de María Machado de entregarle su Premio Nobel de la Paz a Donald Trump en la Casa Blanca representa uno de esos momentos reveladores, pero no precisamente en el sentido que ella esperaría.

Lo que presenciamos no es una jugada estratégica audaz, sino un acto de genuflexión que contradice todo aquello que supuestamente ha defendido durante décadas. La ironía es tan evidente que resulta vergonzosa: una mujer que ha construido su carrera política sobre el discurso de la dignidad nacional, la soberanía y la lucha contra el supuesto autoritarismo, se arrodilla ante un mandatario que públicamente la ha desdeñado, entregándole un reconocimiento que, aunque intransferible, ella decidió ceder en un gesto que solo puede interpretarse como un acto desesperado de sumisión.

Trump no ha sido sutil en su desdén: ha declarado abiertamente que no podría gobernar a venezolana con ella porque nadie la quiere , cuestionando su liderazgo y su capacidad de movilización real en el país. Y aun así, Machado le entrega su Nobel, sugiriendo con ese gesto humillante que «él se lo merece más que ella». ¿Cuál es entonces la lógica de este servilismo? ¿Acaso cree que la adulación cambiará la opinión de quien ya la ha descartado? Esta actitud no es pragmatismo político; es desesperación vestida de estrategia, es la renuncia pública a la propia relevancia.

Pero hay algo aún más grave que la humillación personal: la contradicción ideológica. María Corina Machado ha fundamentado toda su narrativa política en la defensa de la democracia, las instituciones y el Estado de Derecho. Sin embargo, rinde pleitesía a un presidente que trabaja sistemáticamente para desmantelar el sistema de pesos y contrapesos en Estados Unidos.

Trump ha sugerido recientemente que las elecciones intermedias de 2026 no deberían realizarse porque su gestión ha sido «tan buena» que no hacen falta. Esta declaración, que en cualquier democracia sana sería considerada un escándalo constitucional, aparentemente no merece ni un comentario crítico de quien dice defender los valores democráticos.

Al contrario, Machado le entrega su máximo galardón a quien propone cancelar elecciones. ¿Dónde están los principios cuando se trata de congraciarse con el poder? ¿O es que la democracia solo importa cuando se trata de criticar a Maduro, pero se vuelve negociable cuando quien la amenaza puede ser útil? El gesto de entregar el Nobel, un premio que se otorga precisamente por la lucha en favor de la paz y la democracia, a alguien que públicamente cuestiona los procesos electorales y viola el derecho internacional con bombardeos, es una traición no solo a los principios democráticos, sino al significado mismo del reconocimiento que recibió.

Hay algo profundamente antivenezolano en esta actitud. Simón Bolívar, a quien tanto se invoca en el discurso político nacional, nos enseñó que la dignidad no se negocia, especialmente frente a los poderosos. «Prefiero el título de ciudadano al de Libertador», dijo el Padre de la Patria, rechazando el culto a la personalidad y la sumisión ante cualquier forma de poder concentrado.

La esencia del venezolano, forjada en luchas independentistas y resistencias históricas, es la de no arrastrarse ante nadie. No nos hincamos ante imperios ni ante caudillos, por más poder que ostenten. Esta es una lección que María Corina Machado parece haber olvidado en su afán por mantenerse relevante en el tablero geopolítico. Lo que presenciamos es el espectáculo de una líder política que, al sentir que pierde influencia, opta por el camino más fácil: la adulación al poderoso de turno, llegando al extremo de despojarse simbólicamente de su propio reconocimiento internacional para entregárselo a quien ni siquiera la considera un interlocutor válido. Pero este camino tiene un costo altísimo. Cada acto de servilismo erosiona la credibilidad, debilita el mensaje y traiciona a quienes creyeron inocentemente en ellos.

Si la oposición venezolana quiere ser una alternativa creíble, no puede construirse sobre la base de la genuflexión ante poderes extranjeros que ni siquiera la respetan. La democracia en Venezuela la construyen los venezolanos, con dignidad, con principios y sin arrodillarse ante nadie. María Corina Machado tiene derecho a buscar aliados internacionales. Pero hay una diferencia abismal entre buscar apoyo y prostituir los principios. Entre la diplomacia y la humillación. Entre la estrategia y el servilismo.

Entregar el Nobel a Trump, insinuando que él lo había merece más, no es un gesto de humildad sino de autodegradación política. Es decirle al mundo que su lucha, su reconocimiento y su liderazgo valen menos que la aprobación de un hombre que ya la ha rechazado públicamente.

La historia juzgará este momento no como un acto de astucia política, sino como lo que realmente es: una claudicación moral de quien olvidó que la dignidad no se subasta, ni siquiera por un Nobel, y mucho menos entregándolo a quien representa todo lo contrario de los valores por los que supuestamente fue otorgado.

La verdadera grandeza política no se mide por la capacidad de congraciarse con los poderosos, sino por la firmeza de mantener los principios incluso cuando resulta incómodo hacerlo.

La dignidad no se negocia.

Venezuela es, y seguirá siendo digna Soberana.

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