Por Leocenis García
Quería empezar con agradecimientos: primero, a las autoridades de Venezuela, encabezadas por la Jefa de Estado, Dra. @delcyrodriguezv, por ordenar mi liberación.
Así como a las diversas voces que, de forma privada y pública, alzaron su voz para pedir mi liberación: por ejemplo, al @McCainInstitute de Washington, al @USIP (Instituto de la Paz), a la OEA y al Gobierno de EE. UU.
Asimismo, a los cancilleres que se involucraron, especialmente Celso Amorim; así como a Amnistía Internacional y a la CIDH, que me otorgaron medidas cautelares; a Human Rights Watch; al Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU; al exsecretario general de la OEA Luis Almagro; al embajador estadounidense James Story; y a los expresidentes Uribe, Samper, Torrijos y Zapatero, así como a la Plataforma Unitaria Democrática (PUD), Espacio Público, la Cruz Roja Internacional, PEN International y a numerosos académicos. Y al Coronel “Pater”, director del SESMAS (Sistema Especial de Máxima Seguridad).
Las distintas formas de ayuda ofrecidas por todas esas personas y organizaciones importantes me confirman que nuestra lucha a favor de la democracia y la libertad cuenta con aliados valiosos y que hay un gran interés, además de una estrategia clara, para reconstruir este gran país que es Venezuela.
Pido que estos aliados sigan trabajando incansablemente a favor de la liberación de nuestros otros hermanos y hermanas que aún permanecen presos en Venezuela.
Tengo una anécdota sobre uno de los cadetes liberados la semana pasada en Rodeo I. Lo conocí tres semanas antes de salir en libertad. Él me dijo que me admiraba. El encuentro ocurrió en el patio de la cárcel, donde había otros presos. Le pregunté: «¿Usted votaría por mí?». Él me respondió: «Tengo que escucharlo más largamente».
Entonces le dije: «Yo no sé nada de militar. Enséñeme. Quiero caminar con usted como un cadete». Empezamos a caminar.
De pronto me empezó a contar cómo lo torturaron antes de llegar a la cárcel y toda su historia. Me paré firme y comencé a mirarlo fijamente mientras él hablaba. Yo estaba en posición de parada militar. Todos los presos en el patio estaban impresionados, mirando desde lejos; aquella parecía la escena de un loco.
Él habló durante 30 minutos bajo el sol y se le olvidó que yo estaba parado firme. Le dije: «Permiso para hablar con usted” (esta es una formalidad militar). El muchacho empezó a reírse y a excusarse, y me dijo: «Sí, claro. Lo tiene». Y estalló en risas al darse cuenta de que yo había estado escuchándolo durante media hora en posición firme.
Le dije: «¿Puedo romper formación?». Él respondió: «Continuar”. Y yo le dije: «¿Usted todavía necesita un discurso mío?». Él se echó a reír.
Le dije: «La próxima vez me va a traer un análisis de por qué el peronismo (del general Perón en Argentina) terminó siendo de derecha y de izquierda». Él contestó: «Entendido».
La hora del patio terminó y volvimos a nuestras celdas. Los otros presos se burlaron y dijeron: «Un cadete le hizo pagar plantón a Leocenis».
Da la casualidad de que esa misma semana, desafortunadamente, un joven civil preso irrespetó a unos militares (un capitán y un general, también presos) que dormían a la hora que teníamos acordada para la siesta. Debíamos guardar silencio en el pasillo. Luego, el joven también irrespetó al custodio que le pidió silencio. Intervine y el muchacho me mandó a callar y me dijo varias obscenidades.
Al día siguiente, le di un puñetazo en la cara en el mismo patio. Me suspendieron mis salidas al sol y yo estaba furioso. Los militares presos no solo callaron, sino que algunos casi me sancionaron. Cuando iba saliendo castigado, el cadete que me había hecho parar firme esta vez se detuvo y me saludó con la venia militar de lealtad.
Cuando los custodios me llevaban a mi castigo, uno de ellos me dijo: «Usted es un patriota».







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