Opinión

El Acuerdo de Salvación Nacional

Leocenis Garcia
21 de junio, 2021 - 7:43 am
Leocenis García

Por Leocenis García

Hace algunos días, alguien me preguntó, cómo veía la posición reciente de Juan Guaidó y de otros sectores, al proponer un acuerdo de salvación nacional basada en el diálogo y no en la fuerza. Mi respuesta fue inmediata: La misma de siempre.

No tengo ningún aprecio por el colectivismo, manifestado en Venezuela como socialismo bolivariano. Uno no tiene que amar a su adversario, pero sí debe tratarlo con cortesía. Yo he dicho cosas muy duras sobre el régimen y Maduro, pero, hasta los adversarios hay que tratarlos con cierta educación.

Hemos llegado hasta aquí, gracias al sistema permitido con la aquiescencia de todos. Y con toda cordialidad debemos sentarnos y decir, “señores, nos hemos cagado en el país y el futuro”.

Ese es un paso importante.

Por eso, cómo podría en lo personal, no apoyar que un grupo llame al diálogo y habilite la vía electoral, como camino de lucha, cuando he defendido eso, durante años. Sería incoherente.

Es hora de la cordialidad cívica.

Fue la cordialidad cívica lo que logró sentar durante el primer gobierno de la transición española a los comunistas y a los franquistas, a los republicanos y a los monárquicos, a los socialistas y liberales, para discutir sobre el modelo.

Nuestra historia está llena de descalificaciones e insultos personales. Para Acción Democrática, Rafael Caldera fue un anciano jubilado ejerciendo el mando. Y para COPEI, Pérez fue la perversión hecha cuerpo.

Y todo eso puede ser verdad.

Pero en política las formas son tan importantes como el fondo. Los ataques personales cierran la puerta a los compromisos. Buena parte de la política es hacer o solicitar concesiones. El primer punto que todos debemos discutir es: Llevamos más de 50 años de colectivismo populista. A dónde nos llevó. Cada quien debe asumir su parte.

El colectivismo es imprudente e irresponsable. La prudencia es una de las mayores virtudes en el poder, o de quienes tienen mando, sobre todo si está a su alcance la destrucción de una nación.

La verdad es la verdad, nada hacemos con eludirla. Cuando el gran presidente Ronald Reagan supo que padecía Alzheimer, cuentan que se quedó callado, como asimilando el diagnostico, sonrió y dijo: «bueno, no es tan mala la noticia. Conoces gente nueva todos los días».

Hay que enumerar como los profetas hebreos la catástrofe que tenemos al frente. Y debemos hacerlo porque Venezuela es un país sin voz, sin defensa, traicionado y abandonado por sus intelectuales, arrendados sin sueldo al colectivismo, altruista, la causa de muchos de los males del presente.

Todos, parecen estar de acuerdo en que, el país se enfrenta a una crisis, pero a nadie le importa definir su naturaleza, descubrir sus causas reales y hacer lo que la lógica manda: formular una alternativa.

El asunto está en cómo la política está vinculada en su definición fiel a la libertad y no a la mansedumbre. En palabras de Bernard Crick: «la política entraña cierta tolerancia de verdades divergentes (…) el método del tirano se reduce a coaccionar o intimidar a todos en beneficio suyo (…) en cambio la política debería acercar a esos grupos entre sí, conciliarlos» (Crick, pp. 18-19).

«De esta manera la política, lejos de ser un mal necesario, puede ser algo mucho más productivo: un método de concesiones en comunidades plurales, que reduce significativamente la violencia» (Deutsch, p. 61).

Entonces, en principio la política debería ser incompatible con el uso de la violencia para manejar la economía y el poder. Pero como es evidente, no es así.

Lo que ha descarrilado al país es precisamente su culto a la fuerza bruta para imponer los cambios por encima de la razón, como si nunca la humanidad hubiera salido de la Edad Media.
Lo que hace hoy a la política tan poco atractiva y cuestionada son sus exabruptos, su gesticulación intimidatoria, siempre a punto de propinarle una bofetada y no un argumento al adversario.

Venezuela parece estar en la posguerra, -vuelta trizas, con el libro de sus historias tirado en el suelo y sus hojas descuadernadas-.

Es hora de dejar de descalificarnos y empezar ha discutir sobre el origen de nuestros males: el modelo. Hace poco el hijo del Presidente Maduro, asomó algunas- en mi interpretación- cuestionamientos al romanticismo en la política y economía. Y esa suerte de Perestroika en el pensamiento es positivo.

Y nosotros en la oposición debemos hablar claro de lo que queremos. En mi organización Prociudadanos, defendemos la economía social de Mercado. Capitalismo libre con inversión social.

Jamás diríamos algo como ese disparate del diputado opositor Gilberta Caro en 2016: «Nosotros no somos capitalistas. No, nosotros creemos en un punto medio entre el capitalismo y el socialismo, creemos en el amor».

Por Dios.

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