Opinión

Sin Nobel, sin trono y sin Patria: la jalada de mecate más inútil de la historia

Dirwings Arrieta
15 de octubre, 2026 - 9:40 am
Dirwings Arrieta

Por Dirwings Arrieta

 

Qué espectáculo tan patético resulta ver a María Machado, micrófono en mano, aferrada a su papel de mártir suprema. Lloriquea en redes diciendo que «no la dejan volver a su patria», como si Venezuela fuera un reino de cuento custodiado por un dragón chavista.

Pero la realidad es mucho menos épica y bastante más vergonzosa para su propio libreto: su tragedia no es que le prohíban entrar, su verdadera tragedia es que le cumplieron el capricho y la dejaron por fuera.

Pasó años cometiendo la traición más descarada de nuestra historia: pidiendo sanciones para asfixiar al pueblo trabajador y rogando a gritos una invasión extranjera. Tenía la ingenua fantasía de que los marines iban a barrer Miraflores para ponerle la banda presidencial en bandeja de plata.

Pues bien, la intervención llegó, las botas pisaron el terreno… ¿y qué pasó con la reina sin corona? Que los mismos amos a los que tanto les jaló mecate le cerraron la puerta en las narices.

​En Washington ya le tomaron la medida a su histeria y a su ambición desmedida. Entendieron que para administrar acuerdos reales con Venezuela no sirve una fanática fuera de control que incendia las calles creyéndose elegida por derecho divino. La geopolítica de verdad exige respeto mutuo y operadores pragmáticos, como la Presidenta Delcy Rodríguez, capaces de sostener relaciones de ganar-ganar en beneficio de ambos pueblos.

Y es que da risa recordar semejante espectáculo de servilismo cuando pretendió regalarle el Premio Nobel a Donald Trump. Aquel besamanos en la Casa Blanca, donde fue a entregar una medalla ajena bajo el disfraz de la «paz a través de la fuerza», terminó en un ridículo monumental: el propio Comité Noruego tuvo que aclararle que los premios no se endosan como cheques de favores políticos.  Y Trump simplemente colgó el adorno en la pared y la ignoró.

Todo ese show de arrastre diplomático solo sirvió para demostrar lo que siempre fue para ellos: un peón perfectamente prescindible. ​Ahí está la ironía suprema del asunto: soñaba con ser la marioneta de lujo impuesta por la Casa Blanca y terminó siendo el estorbo que los gringos prefieren mantener bien lejos.

Creyó que pedir que le bombardearan la casa le garantizaba quedarse con el terreno, olvidando la regla de oro del colonialismo: el que pone las bombas, decide quién pisa los escombros.

Por eso, la próxima vez que la veamos chillando porque «no la dejan entrar», que no mire hacia Caracas. La orden de desalojo vino redactada en perfecto inglés.

La puerta no se la cerró la Revolución: se la cerraron sus propios jefes, espantados de su obsesión enfermiza por el poder.

La dejaron varada en la calle, sin corona, sin Nobel y sin país.

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