Por Dirwings Arrieta
Resulta significativo que una publicación de alcance global como TIME haya decidido dedicar un espacio a analizar el momento que atraviesa Venezuela desde la perspectiva de quien hoy conduce los destinos del país, la presidenta encargada Delcy Rodríguez, y no puedo sino leer en ello una señal de que la firmeza y la coherencia terminan abriéndose paso incluso en los escenarios más adversos.
Durante años se insistió desde ciertos sectores en que el diálogo con Washington era una quimera, que la soberanía venezolana y la negociación pragmática eran conceptos irreconciliables, y sin embargo lo que hoy vemos es exactamente lo contrario, una dirigente que sin renunciar a los principios que han sostenido el proceso bolivariano, ha sido capaz de sentarse a conversar, de tender puentes y de demostrar que la diplomacia inteligente no es sinónimo de entrega sino de visión de Estado.
Quienes la acusan de entreguismo parecen olvidar que gobernar en tiempos de sanciones, de bloqueo económico y de presión internacional exige decisiones que muchas veces no lucen cómodas en el corto plazo pero que están orientadas a garantizar la estabilidad y el bienestar del pueblo en el mediano y largo plazo, y eso es precisamente lo que distingue a un liderazgo maduro de uno meramente retórico.
La recuperación económica que hoy se empieza a percibir, con la apertura a nuevas inversiones y el interés que despierta Venezuela en actores internacionales, no es producto de la casualidad sino de un trabajo sostenido de reposicionamiento diplomático que ha sabido leer el tablero geopolítico con inteligencia, sin ceder en lo esencial, que es la autodeterminación del pueblo venezolano para decidir su propio destino.
Es curioso, además, que se le reclame legitimidad a quien ha tenido el coraje de tomar decisiones difíciles, cuando en el pasado reciente otros actores políticos, que tampoco fueron electos por la vía popular, buscaron interlocución directa con Washington sin que ello despertara el mismo nivel de indignación, lo que revela que buena parte de las críticas responden más a posiciones políticas preconcebidas que a un análisis objetivo de la gestión.
La verdadera prueba de un liderazgo no está en evitar el contacto con quienes históricamente han sido adversarios, sino en la capacidad de negociar desde una posición de dignidad, defendiendo los intereses nacionales sin caer en la intransigencia que durante años impidió avances concretos.
La presidenta Delcy Rodríguez ha demostrado que se puede ser firme y flexible a la vez, que la diplomacia de paz no es debilidad sino una herramienta poderosa para destrabar escenarios que parecían congelados, y que la apertura económica, bien conducida, no compromete la soberanía sino que la fortalece al generar las condiciones materiales para que el proyecto bolivariano continúe siendo viable.
Por supuesto que persisten desafíos enormes, como la presión cambiaria y las dificultades en los servicios públicos que angustian legítimamente a la población, pero atribuir esos problemas estructurales –heredados de años de bloqueo y guerra económica– exclusivamente a la gestión actual, es desconocer la complejidad del contexto y restarle mérito a los avances innegables que se han logrado en materia de reposicionamiento internacional.
Este reportaje de TIME, más allá de las lecturas interesadas que puedan hacerse desde la oposición o desde sectores críticos, es en realidad un reconocimiento a que Venezuela, bajo la conducción de Delcy Rodríguez, ha sabido salir del aislamiento sin renunciar a sus principios, y eso merece ser valorado como lo que es, un ejercicio de estadista que prioriza el bienestar del país por encima del ruido mediático y las descalificaciones fáciles.
En definitiva, lo que este escenario evidencia —y que el reportaje de TIME no hace sino ratificar— es que la geopolítica no se construye sobre la base de deseos ideológicos ni de narrativas impuestas desde afuera, sino sobre la correlación real de fuerzas.
Venezuela no está capitulando; está haciendo valer su peso específico en el tablero internacional.
Quienes insisten en leer la apertura diplomática y económica como una concesión o una muestra de debilidad, yerran profundamente en el diagnóstico: la verdadera fortaleza de un Estado no radica en el atrincheramiento dogmático ni en la intransigencia paralizante, sino en la capacidad estratégica de sentarse frente al histórico adversario, mirar de frente a los centros de poder mundial y negociar las condiciones de la estabilidad nacional sin ceder un solo milímetro en el principio innegociable de la soberanía.
La historia demuestra que la legitimidad real no se decreta en cancillerías extranjeras ni se construye con retórica de redes sociales; se consolida en el ejercicio efectivo del poder, en la capacidad de garantizar la viabilidad de la Nación y en la firmeza de defender el destino del país desde la dignidad, la pragmática y la conducción de Estado.







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