Por Leocenis García
El día 8, como de costumbre a las 11 a.m., ya había hecho mis ejercicios y mi rutina en la celda: limpiarla, leer la Biblia y releer un libro sobre Bolívar que me había hecho llegar un general preso. A las 11 a.m. vino a mi celda un custodio llamado Mondragón, acompañado del jefe de régimen Guaicaipuro. Me dijeron: «El director va a hablar con usted».
Cuando llegué frente a Pater, vi que había otros dos presos más, ambos políticos. Uno de ellos lo conocía más o menos bien, porque habíamos estado en la misma ala y conversamos varias veces en el patio sobre la reconciliación. Una vez, mientras caminábamos, le pregunté: «Si lo ponen mañana de presidente, ¿qué haría?». El tipo me dio un discurso tedioso.
Le pregunté qué haría con Maduro y Diosdado. Me dio otro discurso técnico-político. Entonces le dije que yo creía que a Maduro había que dejarlo en la Asamblea Nacional como senador vitalicio y que, en el caso de Cabello, había que prohibir su extradición. Esto era en octubre de 2025. Él asintió. Le expliqué que para ambas cosas había que reformar la Constitución.
Hicimos varias veces flexiones juntos en el patio y jugamos una vez dominó. Después, por razones que no voy a explicar aquí, dejé de conversar con él.
El día que salíamos, después de hablar con Pater, el director nos explicó que «nos íbamos». Nos trasladaron a un lugar en Caracas. Antes de salir de El Rodeo, me incliné según el rito sunní e invoqué al Misericordioso.
Nos quedamos ambos en una sala pequeña y conversamos. Yo le dije, palabras más o palabras menos: «Señor, llegó la hora de que usted juegue. Este país todavía ve a Chávez como el icono de la FANB, y Delcy va a ser presidenta un rato. Así que usted debe entender que su partido está errado con su agenda violenta. Si usted sale a ponerse a las órdenes del señor de su partido o aparece retratado con tal persona (alguien que había estado preso también con él), es que usted no entendió nada».
Él me escuchó. En ese momento un custodio me interrumpió y me dijo: «García, venga, usted va en libertad condicional». Ahí me enteré de mi estatuto y supe que este señor iba a casa por cárcel.
Le di la mano y le dije: «Lo voy a contactar», y le di un pseudónimo que usó durante años el comandante guerrillero Ali Rodríguez Araque.
Salí de ahí y el resto de la historia ya la saben: encontré a mi familia literalmente en la calle, a mi madre con las secuelas de un ACV, y los «amigos» que desaparecieron durante dos años empezaron esa misma noche a repicar el teléfono de mi padre. No atendí a nadie por quince días.
Hablé al país en un primer mensaje para respaldar la amnistía, llamé a la calma y aparecí en Venevisión para respaldar institucionalmente lo que la Fuerza Armada Nacional había respaldado, siguiendo el hilo constitucional y que era reconocido y aceptado por la comunidad internacional, incluido el gobierno de Washington. La Dra. Delcy es la presidenta de Venezuela. Y es la hora de respetar las instituciones, para que las instituciones de una vez por todas respeten a sus ciudadanos.
Tal como había prometido, le escribí cuando creí que había llegado el momento. Lo hice el 3 de marzo, un mes después: «Por aquí Fausto, cumpliendo mi palabra».
El hombre no respondió.
Lo había visto en varias entrevistas hablando de torturas, gritando desde una loma a los presos internos del Rodeo, apareciendo junto a la persona que yo le sugerí que no y despotricando contra el director Pater (a quien le pidió en mi presencia, no sé si bromeando, que le regalara el perfume que usaba). En fin, el tipo no había mejorado.
Quise recordarle nuestra conversación, pero no. Él cree que Delcy se va en meses y que otra u otro será presidente. Cree que la FANB ahora eliminará los cuadros de Chávez, que Donald Trump es el presidente actual de Venezuela, que Rusia y China no hablan con Trump y que la deuda que tenemos con ellos se la tragó la tierra.
¡Ah, claro!, y que aquí habrá elecciones este año. En fin, un político fantasioso que nada aprendió.
En esos días me reuní con una organización internacional que no nombraré y llevé los casos de tres extranjeros no mediáticos, que gracias a Dios ya están libres. Conversé con expresidentes sobre algunos casos y le manifesté a Washington mis reservas sobre ciertos asuntos. Todo en privado, porque un político debe escoger: o hace diplomacia —y el secreto de la diplomacia es el secreto— o hace show.
También hablé con quien debía hablar de las autoridades de Caracas y manifesté mis anhelos para mi país, junto con mis reservas sobre algunos asuntos que no ayudan al clima de paz que el país necesita para que la economía funcione.
Quiero aprovechar esta columna para dejar sentado a los familiares de presos de Rodeo 1 que estén dispuestos a reconocer que el país necesita paz, perdón, seriedad y pragmatismo: si estuvieron presos conmigo, saben que secretamente me pueden contactar. En ese ámbito, sin cámaras de televisión y sin gritar desde una loma, trataré de ayudar. Para ello les dejo mi correo: [email protected]







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