Fotos: Agencias
Los últimos cuatro gobernadores de la Guajira colombiana han sido impuestos por las mafias paramilitares de la droga, la corrupción, el robo, el crimen… En Maicao todo huele a gasolina, todo es contrabando, delito, muerte, hambre
Maicao, poblado del departamento de la Guajira colombiana, «puerto libre terrestre» desde 1936, nueve años después de su fundación, desde hace más de 40 se nutre, en un 90%, con mercaderías acarreadas ilegalmente de Venezuela, atravesando los caminos de arena y agua. Hoy, Maicao es un gigantesco tinglado de mercancías cuyo principal producto, derivado del delito legalizado por la normativa colombiana, es la gasolina. Maicao con alrededor de 100 mil habitantes, 50% de etnia Wayúu, es la ciudad colombiana donde se localiza el mayor asentamiento árabe del vecino país. Allí se edificó la tercera mezquita más grande de Latinoamérica (la de Omar Ibn Al-Jattab).
Llegar a Maicao es como entrar en un gran mercado venezolano a cielo abierto, ergo en Las Pulgas de Maracaibo. Leche, detergentes, toallas sanitarias, crema dental, papel higiénico, aceite, café, medicinas, repuestos, baterías, textiles, cerveza, en fin, todas las marcas venezolanas que escasean en los «súper» de nuestro país, se pueden escoger al gusto en las calles de Maicao, centro del «bachaqueo» de las mafias de la frontera colombiana. Pero, la reina para las bandas contrabandistas es la gasolina y después, la droga que se trafica al Caribe, Centro América y Europa.
Los centros de acopio de gasolina son bombas explosivas esparcidas en los barrios colindantes de Maicao. Casi no se ve gente, el negocio es semiclandestino, pero sí se observan pipas, bidones y pimpinas, listas para ser despachadas a otras regiones, y a Ecopetrol. Allí comienza la segunda fase del mercadeo, la distribución…
El negocio de la gasolina, que comenzó hace quince años como parte de la ayuda de Venezuela a los wayúu, a través de cooperativas, se ha convertido en una gran empresa del crimen. Las mafias, el paramilitarismo y algunos clanes se tomaron esa asolada región colombiana como suya. El cártel Guajiro, los Rastrojos, los Árabes, etc. conforman la «cosa nostra» que maneja políticos, comercios, contrabando, cambio de la moneda, créditos a la buhonería (incluyendo la de Maracaibo), imponen su ley y matan a quienes incumplan sus malditas normas del crimen organizado. Es tanto el poder económico de estas bandas paramilitares colombianas que en la capital del Zulia se han adueñado, por el dinero y las armas, de centros comerciales, haciendas, empresas de producción agropecuaria fronterizas, y lo más grave de todo, de la vida y voluntad de muchos, sobre todo de la etnia Wayúu, que acosados por la necesidad y deslumbrados por la ganancia fácil, caen en sus redes criminales para nunca salir; la única vía de escape es la muerte.

Desigualdad binacional
Colombia es poseedora del 90% de la península de la Guajira, pero es en Venezuela donde vive el 70% de toda la población wayúu. Emigrada a nuestra patria porque en el territorio neogranadino no hay gobierno que la ayude, la asista, y mucho menos que la proteja. Los niños mueren de desnutrición y parasitosis. La sed arrasa con las familias y la sanidad no se conoce ni siquiera de nombre.
Reseña la revista Semana (colombiana): «La sequedad que azota a la Guajira puede agravar su tragedia, la mortandad de niños. Dos de ellos mueren cada día por hambre y por abandono… las cifras del Dane (Estadística), dicen que entre 2008 y 2013 en la Guajira murieron 4.151 niños: 278 por desnutrición, 2.671 por enfermedades tratables y 1.202 que no alcanzaron a nacer. Eso quiere decir que en los últimos seis años cada día, en promedio, mueren dos niños por abandono…» Por eso, el éxodo masivo hacia Venezuela lleva colgado en el escapulario guajiro la palabra salvación.
Continúa el reportaje de Semana: «La cifra es espantosa y ubica a la Guajira en un promedio no muy lejano al de Ruanda, África… La experiencia de desnutrición en Colombia es igual que en Etiopía, dice Alicia Genisca, médica pediatra estadounidense, que ha trabajado en países de África y ahora atiende a los niños con desnutrición crónica en el corregimiento de Mayapo en la Guajira. Y añade: La diferencia es que por décadas Etiopía ha sido el país que todo el mundo conoce por la desnutrición, y el mundo no sabe que también hay una crisis de desnutrición en Colombia».
Tres de cada diez niños menores de 5 años de la Guajira sufren desnutrición crónica. El ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) dice atender a 80 mil niños en esa edad; pero es una gran mentira, los administradores se apropian de los recursos del PAE y los infantes siguen muriendo por decenas. Dice Semana: «Incluso, si no hubiera negligencia ni corrupción de por medio, con solo leer la dieta que suministra el ICBF se puede entender por qué no se cura el hambre. A cada niño le entregan cada mes, en teoría, 500 gramos de maíz blanco, 500 gramos de queso, seis huevos, 132 gramos de leche, 180 gramos de azúcar y cuatro panes». Son conmovedoras estas cifras. Con razón, el desplazamiento por hambre hacia Venezuela, es forzado.
Frontera colombiana con Venezuela, tierra de nadie. No hay Estado
Las autoridades de Santos, el ejecutivo y el estado neogranadino, no tienen ningún control sobre la frontera de la Guajira colombiana con Venezuela. Las mafias animan un negocio tanto o más lucrativo que la coca: el de la gasolina para el que tienen a disposición 195 trochas ilegales, por donde se trasiega por millones de litros todo el combustible que mueve al oriente colombiano y se transporta a otras regiones.
El director de la Dian (Dirección de Impuestos y Aduanas de Colombia), Juan Ricardo Ortega, de salida del cargo declaró que, el 15% del combustible que se mueve en Colombia proviene del contrabando. Unos 50 mil barriles diarios de gasolina están entrando solo por la Guajira.
Hace unos años atrás la gasolina se contrabandeaba en pimpinas llevadas en carros pequeños. Ahora, se utilizan camiones 350. Después de las 12:00 de la noche cruzan la frontera por largas trochas caravanas de hasta 200 camiones cargados de tambores (pipas) de 220 litros, recogidos en los ríos o cargados en las llamadas «caletas» semiclandestinas de la frontera. Un inmenso sangramiento diario de las venas petrolíferas de PDVSA.
La gasolina robada a Venezuela llega hasta Barranquilla, y alcanza el Bajo Cauca en Antioquia y al Magdalena. En todas esas regiones hay bandas paramilitares que controlan la minería ilegal del oro y el narcotráfico. Ahora manipulan el combustible contrabandeado. Otro ingrediente delictivo que solaza a los mafiosos y enriquece a la corrupta oligarquía antioqueña y costeña: la gasolina «premium» venezolana.
En la Guajira colombiana la política es paramilitar
El 24 de mayo de 2015, el rector de la Universidad de la Guajira, Carlos Robles, acusó a varios políticos de querer asesinarlo. Este profesor, que hoy se mueve con escoltas, en una camioneta blindada, dijo desde su tuiter que si a un miembro de su familia, o a él, lo mataban, acusaba desde ya al cártel paramilitar la Nueva Guajira. Pero no se refería a una banda común sino a un grupo político. Se trataba del partido Nueva Guajira del exgobernador uribista Hernando Deluque Freyle (2000-2003), cuya elección fue anulada porque el candidato se había valido del amedrentamiento para ganar. La flecha iba dirigida al excongresista Bladimiro Cuello (hoy cónsul en Chicago) y a los exgobernadores Jorge Pérez Bernier (2007-2011) y Álvaro Cuello (1997-2000) y lo más grave es que este partido político aparecía como el menos contaminado de la Guajira, comparado con el criminal exgobernador, hoy detenido, Kiko Gómez.
Señor Santos, no es Venezuela, ni su gobierno, quien signa la delincuencia política neogranadina sino sus propios ciudadanos y sus medios periodísticos. Cómo sería el debate político en la Guajira, señora Holguín, que en las elecciones especiales a la gobernación, el 31 de mayo pasado, las recriminaciones por corrupción entre los partidos políticos era lo de menos. Los epítetos pendulaban de forajidos a bandidos.
La desdicha de la Guajira es que la elección del tal «Chemita» no es la conclusión de la contienda política sino la continuación de la guerra paramilitar… ¡Viva Uribe!, ¡viva Santos!, y que continúe la fiesta criminal de muerte, cocaína, vejación de la población autóctona, contrabando de gasolina, corrupción, y degeneración política, el orgullo que ha caracterizado a la oligarquía tortuosa de Bogotá y a su par de la Guajira. La lucha es por la corona de la depravación, y ella lleva grabado en oro los nombres de Santander, Obando, López, Ospina, Torres, Holguín…







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