Foto: Agencias
Científicos, buscan rasgos relacionados con la inclinación de una persona a ser más o menos agresiva. Esto debido a que la Organización Mundial de la Salud, manifestó que la violencia es un problema global de salud pública, puesto que “para los estados genera un coste anual en atención sanitaria, procesos legales y pérdida de la productividad”.
Por ello, la comunidad científica ha investigado las bases psicológicas y biológicas de una actitud, mediante mapas cerebrales que identifican áreas implicadas en comportamientos determinados cuyo objetivo es causar daño a otros individuos.
La psicóloga Leticia Vázquez, de Psicólogos Eleva, explicó que “la ira o cualquier emoción intensa se experimenta en áreas subcorticales, y estas pueden bloquear la capacidad de integración, regulación y autocontrol del lóbulo prefrontal”.
Según dice, este lóbulo es la estructura cerebral más implicada en el autocontrol, donde “se regulan las sensaciones del cuerpo y las emociones, donde se integran los valores morales para decidir la mejor pauta de actuación (…) y donde más conciencia tenemos de nuestras emociones, sentimientos, recuerdos y creencias”.
Esto explica que cuando nos enfadamos, vamos perdiendo la capacidad de discernimiento y se va haciendo más probable que adoptemos comportamientos agresivos. De igual forma, Vázquez asegura que nuestra guía del autocontrol también se inactiva “cuando se consume alcohol u otras sustancias”.
Estas alteraciones parecen provocar el síndrome de Tourette, una dolencia que lleva a mostrar comportamientos que resultan agresivos. Por ejemplo, puede aparecer la coprolalia (tendencia patológica a decir groserías y que solo se puede controlar con mucha fuerza de voluntad), la ecolalia (tendencia a hacerle burla a otra persona), además de otros síntomas, como el trastorno de déficit de atención con hiperactividad.






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