Hoy se cumplen 150 años del nacimiento de «El Venerable»

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26 de octubre, 2014 - 12:14 pm
Redacción Diario Qué Pasa

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Foto: Ruth V. Carrasquero

Siglo y medio ha transcurrido desde el nacimiento del Doctor José Gregorio Hernández, y en el mundo entero, donde hay un devoto suyo, la oración por su beatificación es cada vez más intensa.

Las imágenes, estatuillas, camándulas y estampitas de José Gregorio Hernández son las que reciben al visitante en Isnotú.

Don Mario Ruiz tiene mucho que contar y mucho que agradecer. A sus 81 años asiste cada año a Isnotú para darle rienda suelta a su fe. Y es que don Mario está vivo por lo que él considera un milagro.

Él mismo narra cómo padeció varios años de los riñones. Exámenes tras exámenes aparecía una patología distinta. Desde litiasis (cálculos) hasta un tumor le fueron diagnosticados.

Su arraigada formación católica lo acercó a José Gregorio Hernández. Cada año, o cada vez que tiene oportunidad va a Isnotú. «Siempre le rezo. Finalmente no tenía nada malo en mis riñones, el diagnóstico fue un riñón supernumerario, es decir, tenía un tercer órgano. Pero estoy seguro que José Gregorio intercedió por mi sanación porque en más de una oportunidad me las vi muy mal», cuenta el hombre.

Como él, centenares de personas se acercan hasta Isnotú a diario. No hay día que el Santuario del Niño Jesús, esté vacío. El pueblito vive gracias a ello. De todas partes de Venezuela llegan fieles devotos a cumplir promesas, y hasta cumplir el sueño de conocer el lugar donde Hernández pasó sus primeros años de vida.

Llegar al santuario es llegar a un remanso de paz. La gente se reúne al pie de la estatua del Venerable y le reza. Muchos estiran sus manos o levantan a los niños en brazos para poner en su mano una ofrenda. Algunos van por curiosidad y otros que hacen turismo. Pero al final, todos sienten como la fe llena de energía el lugar.

Testimonios

Hay quienes ven en José Gregorio Hernández un compañero. Lenín Núñez, fotógrafo caraqueño radicado en Anzoátegui explica que creció con la devoción hacia el Venerable, inculcada gracias a su madre, Tomasa Plazola de Núñez. «Desde que era un niño íbamos a la iglesia de la Candelaria. Aunque mi mamá nunca nos obligó o nos instó conscientemente a venerar al Doctor, mis hermanos y yo siempre vimos y sentimos esas visitas como algo normal y familiar», comenta.

Esas visitas se han hecho costumbre para Núñez, quien procura ir al templo caraqueño cada vez que visita su ciudad natal. «Voy sin que nadie me diga que debo hacerlo. Cada vez que voy a Caracas es como que si él me llamara; cuando no voy al templo siento que me quedó algo pendiente. Siento que le debo mucho al Doctor, así que es normal para mi visitar la iglesia en La Candelaria», narra.

«Antes que nada pido por mi familia, pido por los demás, y al final pido por mí. Este año tuve la oportunidad de visitar Isnotú. Nunca había ido y era una tarea pendiente en mi vida. Al llegar sentí una paz, una tranquilidad. Cuando llegué al pie de su estatua solamente quería subirme y abrazarlo un rato, sentir que estaba allí. Llegar a Valera fue complicado para mi madre y para mí, pero finalmente llegar a Isnotú y estar allí con él, fue increíble», describe el fotógrafo.

Isnotú, con su callecita principal llena de vendedores y tienditas dedicadas al turismo religioso, recibe a diario visitas como la de Ruiz y Núñez.

Y es que el pueblito anclado en las montañas andinas de Trujillo fue testigo silente del nacimiento de quien fuera llamado el «médico de los pobres» y más fervientemente «el Venerable».

Vida ejemplar

Isnotú cambió para siempre un día fechado 26, allá por el año 1864. Ese día de octubre, Josefa Antonia Cisneros Mansilla de Hernández por fin dio a luz, tras largas horas en labores de parto.

Ese día hubo alegría, como siempre que llega al mundo una criatura. Ese 26 de octubre, en el hogar Hernández Cisneros, sin saberlo, un nuevo integrante llegó a cambiar el rumbo de muchos. El mayor de seis hermanos fue nombrado José Gregorio, como lo certificó su acta bautismal.

El primogénito de Benigno Hernández y Manzaneda, boconés de origen colombiano, y doña Josefa, barinesa ella descendiente de españoles canarios, llegó al mundo para dar el ejemplo, con la práctica, de dar más que recibir.

Ocho años después de su nacimiento llega la primera tragedia en la vida de José Gregorio. Su madre, la misma que cuidó de todos sus seis hijos por igual, aquella que arraigó en su espíritu un profundo sentimiento cristiano, la misma por cuyas venas corría la sangre del Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros –quien fuera confesor de la reina Isabel La Católica–, falleció.

Las calles de Isnotú fueron su escenario y las montañas trujillanas su paisaje mientras duró su niñez. Don Benigno era comerciante, y aunque con una carácter humilde y profundamente católico, los Hernández Cisneros poseían una posición privilegiada, lo que permitió que el aun niño José Gregorio fuera a estudiar en Trujillo en el Colegio Federal de Varones, siendo su primer maestro, Pedro Celestino Sánchez, quien observó en el pequeño grandes cualidades.

Con la fortaleza y la agudeza de la pubertad, un muy joven José Gregorio argumentó a su padre sus deseos de estudiar Derecho, por lo que con 13 años de edad, el adolescente fue enviado a Caracas.

En la capital, José Gregorio ingresa en el colegio Villegas, donde obtuvo su grado de bachiller con el título en la mención de Filosofía. Apenas con 17 años ingresa a la Universidad Central de Venezuela, donde comienza sus estudios de Leyes. Finalmente, y conociendo las inclinaciones de su hijo por ayudar al prójimo, don Benigno insta al joven a estudiar Medicina, convenciéndolo de tal misión. Así comenzó primero por la carrera de Biología.

Desde muy niño, José Gregorio Hernández fue un riguroso y autodisciplinado  lector. Sus maestros observaron en él la predilección por los libros antes que por el juego. No es por nada semejante inclinación: su padre era pariente de Francisco Luis Febres Cordero Muñoz, educador y escritor, miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, y por consiguiente, corresponsal de la Real Academia de la Lengua Española en el país sureño. Por la rama materna, el mismísimo Francisco Jiménez de Cisneros también fue fundador de la Universidad de Alcalá (España).

Nace el Doctor

Desde 1888 se habla del Doctor José Gregorio Hernández, pues el 29 de junio de ese año se graduó de médico. Cumpliendo la promesa hecha a sus padres, y más por un deseo personal, regresa a Isnotú donde ejerce su recién adquirida profesión.

Un año después regresa a Caracas, donde comenzó su labor científica; ese mismo año se va a Europa a realizar un postgrado en las universidades de Paris y Berlín, especializándose en microscopia, histología normal y patológica, bacteriología y fisiología experimental.

Estando en Europa le sobreviene una segunda tragedia: don Benigno, su adre, fallece dejándole algunos bienes en herencia, los que de manera desprendida, el joven doctor traspasa desinteresadamente a sus sobrinos, hijos de su hermana María Sofía.

En 1891 regresa a Venezuela y se dedica a la enseñanza en su alma mater. Su clientela crece día a día a la par que crecía su prestigio como científico llegando a tener la más amplia lista de pacientes en Caracas.

José Gregorio Hernández era conocido como un profesor culto, hablaba español, francés, alemán, inglés, italiano, portugués, dominaba el latín. Formó una escuela de investigadores, quienes desempeñaron un papel importantísimo en la medicina venezolana. Discípulos de Hernández fueron, entre otros, el doctor Jesús Rafael Risquez, quien fue su sucesor en la cátedra de Bacteriología y Parasitología, y Rafael Rangel, considerado como el fundador de la parasitología nacional.

Los caminos de Dios

La vida académica y profesional de José Gregorio Hernández se vio colmada de eventos que zanjaron su presente y su futuro, más allá del espacio y el tiempo.

Su disciplinada personalidad lo llevó a dominar a la perfección varios idiomas, tener un vasto conocimiento literario y enciclopédico y una rigurosa inclinación religiosa, con la que parecía estar en constante lucha, pues en repetidas oportunidades intentó dejar la vida secular para dedicarse al servicio de la iglesia, pero en cada oportunidad, un abatido Hernández era devuelto fuera del claustro por diferentes razones. Tal parece que el propio Altísimo guiaba sus pasos en la vida secular y él, con su decidida personalidad, se empeñaba en seguir una vida seglar.
Así lo demostró en 1907, con 43 años cumplidos, cuando decidió entregarse en cuerpo y alma a su vocación religiosa. Finalmente en 1908 fue aceptado en la orden de San Bruno en La Cartuja de Farneta, en Italia, pero las fuertes condiciones climáticas hicieron mella en su salud, por lo que el entonces llamado Fray Marcelo, muy en contra de su voluntad, tuvo que volver a Venezuela.

Incluso, al llegar a La Guaira, Hernández insistió en la vida religiosa al solicitarle al Arzobispo de Caracas ingresar en el Seminario Mayor, petición que fue aceptada, pero que al igual que ocurriera ocho meses antes, cuando partió a Italia, desató un nuevo debate sobre su posición en la sociedad: ¿debía seguir a la orden de la iglesia o a favor de la ciencia y los más necesitados?

Su amigo y colega, Luis Razetti, lideró este debate al considerar «¿Dónde es más útil a la sociedad, en el laboratorio o en el seminario?». Razetti, a pesar de no compartir sus ideas destacó la labor de Hernández al admitir que «nadie tiene derecho a censurar el acto en sí realizado por el doctor, pero todos debemos lamentar su extrema decisión porque sustrae a nuestra actividad un elemento útil, apaga en la universidad una luz y resta una inteligencia en el concierto de las actividades científicas del país».

Sin más objeciones y atendiendo a este planteamiento, Monseñor Juan Bautista Castro aconsejó a Hernández volver a la vida secular… «Usted debe volver a la universidad. La juventud lo necesita», le instó.

En 1913 se registró su tercera tentativa, y es que se supo que el doctor Hernández se había embarcado para Roma con la intención de ingresar en el Colegio Pío Latino Americano, pero poco tiempo después el médico se agravó con una seria dolencia que lo puso al borde de la muerte, lo que marcó su tercer fracaso de vida seglar.

Al igual que las otras oportunidades, el consejo fue volver a la vida laica y desde allí servir al Señor. Así que comenzó a llevar una existencia simple y en oración al lado de su hermana Isolina y ayudando como médico a sus pacientes más necesitados.

Vocación, servicio y pasión

El doctor José Gregorio Hernández siempre fue un destacado devoto. Pero además de eso era un apasionado de la lectura con dotes para la escritura y la pintura, incluso tenía aptitudes musicales, pues tocaba el armonio -un instrumento de viento y teclado- y el piano con maestría. Hay registros que lo ubican tocando este último a cuatro manos en dúos con Juan Vicente Lecuna.

Su devoción religiosa siempre estuvo presente y se evidenció en los cuadros que pintó con las imágenes de la Virgen y el Corazón de Jesús.

«Hombre de gran inteligencia y de verbosidad incomparable», dijo el poeta Paz Castillo sobre el Doctor, «Era elocuente y agudo a pesar suyo; y esto no dejo de acarrearle serios inconvenientes. En cierta ocasión dijo, en la plaza pública, que solía firmar las proclamas con el seudónimo de Cipriano Castro. Lo que le aporto la enemistad del Presidente, tan vanidoso como él…».

Ese mismo apasionamiento lo llevó a enlistarse en las milicias convocadas por el presidente Castro en 1902, pero por fortuna, el médico de 38 años en ese entonces, no llegó a cambiar el estetoscopio por un fusil.

Una luz se apaga

Tras su fallido intento de ingresar al seminario caraqueño y convencido de que su fracaso como cartujo se debió a la falta de condición física, sin que casi nadie lo supiera, el doctor Hernández buscó empleo como oficial de carpintería en un pequeño taller ubicado entre San Isidro y Monte Carmelo.

Todas las tardes, al salir de la universidad, el hombre se dirigía a orar en la Santa Capilla, luego con paso ligero cruzaba la avenida Este 1 (actual avenida Urdaneta) en dirección norte. Luego subía a pie hasta San José del Ávila hasta la pequeña carpintería.

Una vez allí, apartaba sombrero y saco, se arremangaba la camisa, cogía un serrucho y ponía manos a la obra. Con esto esperaba acostumbrar a su débil cuerpo a las labores rudas.

Esa rutina física se mantuvo en su día a día, por ello caminaba largas distancias para atender a sus pacientes. Así fue como el 29 de junio de 1919, un domingo como cualquier otro, José Gregorio Hernández salió a atender a vecinos enfermos.

Su último paciente fue una anciana de pocos recursos a quien decidió ayudar comprándole las medicinas. Al salir de la farmacia de la esquina de Amadores y Uparal, fue arrollado por un carro que le puso fin a su vida.

Esperando la beatificación

Con motivo del sesquicentenario del nacimiento del doctor José Gregorio Hernández, los devotos venezolanos oran por la designación de Beato de la Iglesia por parte del Vaticano. Desde hace algunos años se vienen realizando actividades destinadas a tal fin, sobre todo con la recopilación de testimonios y comprobación de milagros. En tal sentido, la Asamblea Nacional acordó respaldar todas las gestiones que se vienen realizando ante el Papa Francisco, como una máxima autoridad de la Santa Sede y exhorta a las autoridades de la Iglesia Católica proceder a la pronta beatificación del Dr. José Gregorio Hernández. Por su parte, el cardenal Jorge Urosa Sabino, arzobispo de Caracas, destacó la importancia de que «los santeros no tienen derecho a utilizar una figura tan importante” para sus rituales» haciendo alusión a la posibilidad no oficial de que este sea uno de los causales que hasta ahora ha impedido la beatificación del Venerable.

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