La ex del pran cuenta su historia

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4 de diciembre, 2013 - 4:04 pm
Redacción Diario Qué Pasa

Maracaibo — «Mis padres me permitían todo, tenía libertades y hacía lo que quería» recuerda, y añade que tal vez eso, aunado a la falta de orientación, no le permitió tener un camino claro en la vida y trazarse metas. Con tan solo 19 años ya estaba acostumbrada a las colas y tenía grabado en su mente los días de visita en Sabaneta y los procedimientos para entrar y permanecer en el recinto sin ser sacada por las autoridades. «Los pranes me dieron todo tipo de lujos y comodidades, aunque mi pareja empezó como pistolero» sostiene, a medida que se ganaba la confianza de los pranes, fue escalando posiciones; «si le tocaba matar a alguien, lo tenía que hacer, si no no era digno de confianza», asegura.

«Ellos preferían matar a un preso que no pagara, antes que esperar a que les pagaran; no importa si eran 5 mil bolívares o más, eso era cuestión de honor, para que respeten y vean que hay seriedad», sostiene. Desiré, mirando a lo lejos, dice, como evocando un recuerdo; «él comenzó preparando y vendiendo drogas, al tiempo de ser pistolero»; luego añade: «Era el encargado de meter la visita, a quien él quisiera, pasaban sin cédulas, prepagos, todo; él tenía el poder en la puerta», dice en tono melancólico.  

El nuevo gerente

Rápidamente, el hombre de Desiré se convirtió en el hombre de alta estima de los pranes y entró en el «clan de los grandes», tenía poder de decisión y mando, y era consultado sobre asuntos como decidir quién pagaba el obligaíto, quién no, a quién matar o a quién mutilar por alguna falta. Era el encargado de controlar la droga y la bebida en el área Penal de Sabaneta «eso se respetaba», sostiene.

«Yo iba de visita y cuando comenzaban a salir, me metía en la celda y me quedaba hasta que se fueran los guardias, no tenían permitido asomarse a las celdas eso era privado», asegura. «En Penal habían dos piscinas, una discoteca, cancha, panadería, de todo, lo único que faltaban eran carros y un McDonal′d, eso era una ciudad» revela, al tiempo que manifiesta que había todo tipo de animales y hasta una motocicleta. «Todo entraba por la puerta grande y ante la mirada de todos, mi marido se encargaba de meter todo», aseguró.

Para poder tener todos esos gustos dentro del penal, el sistema era muy simple: el guardia que no colaboraba, simplemente era llamado y se le mostraba una foto de su casa y de su familia entrando o saliendo de ella, y les decían que si querían a su familia «colaboraran». «Un día encontré cabellos de mujeres en nuestra cama en la celda, yo sabía que andaba con otra, pero no podía discutirle eso, pues me decía que él no podía quedar como poco hombre delante de los demás; él metía las prepagos, que cobraban entre 7 y 10 mil bolívares, y después que estaban con los pranes, se tenían que ir con ellos, los de confianza», reconoce indignada.

Penurias por un amor

Con los ojos llenos de lágrimas recuerda a sus pequeños hijos, «cuando tenía siete meses de embarazo, de nuestro tercer hijo, me tocó darle una golpiza a una mujer que andaba con él; me llamaron de adentro y me reprendieron, me dijeron, no vuelvas a hacer eso, la próxima vez te vienes y yo te doy una pistola, le das unos tiros en las patas, no la vayas a matar aquí adentro», recordó. «Yo podía dispararle a quien quisiera si quería, tenía la potestad de quitarle el arma a cualquier pistolero y caerle a tiros a quien sea, yo tenía poder», aseguró.

«Yo lo quería y sabía que en cualquier momento lo podían matar, pero eso no me importaba; es más no me daba miedo que me fueran a matar a mí con él», sentenció. Con una mirada perdida, mientras inhalaba el cigarrillo, recordó que «al parir a mi segundo bebé me botaron de la casa donde vivía, me fui a casa de mi madre, y yo sola vi de él, buscaba la plata para llevarle y la comida»; «yo metía drogas, armas y todo lo que fuera; hacía las compras, yo sola y preñá, de la tienda de la cárcel», reconoció en medio de su tristeza.

Ella era una pieza clave dentro de la organización criminal, ya que era la encargada de hacer movimientos en la calle, por encargo de adentro; buscar gente, dinero, drogas y armas, lo que fuera; «yo lo hacía y no me importaba nada, lo hacía para que él quedara bien allá adentro; a veces pensaba que me podían agarrar con algún arma o drogas y podía caer, pero no me importaba», reflexionó.

El patio y los niños

Desiré reconoce que en la cárcel de Sabaneta las personas transitaban con sus armas como en el «lejano oeste», sin embargo, manifestó que en el patio de juego de los niños los pistoleros se cuidaban de que los menores que jugaban en los diversos aparatos, colocados por la «benevolencia» de los pranes, no les vieran las armas. «Un día él quiso regalarle un revólver a nuestro hijo y yo se lo impedí. Él decía: si va a ser malandro que sea como su padre», expresó con desagrado Desiré.

«Mi hija sabe que yo la quiero cuidar, pero como ella es una ‹aviona›, me dice: mami yo quiero que me cuides, pero papi no quiere», reconoce ahogada por el llanto y añade que su hija le confesó «mami, papi dice que te va a matar», y ella sabe que no es mentira, ya que en varias ocasiones como medida de castigo y para no agredirla físicamente, colocaba la pistola en la oreja de Desiré y la accionaba, «duraba días con dolor en el oído», manifiesta. 

Camino sin retorno

Luego de varios años y ya con tres hijos de su amor, convertido en toda una personalidad dentro del mundo carcelario y hamponil en la región, Desiré ya no tenía vuelta atrás. Aunque ella quería dejarlo y buscar otros derroteros, era casi imposible; «aunque yo nunca le negué que viera a mis hijos, él me dijo que si lo dejaba mis hijos se quedaban con él, y ellos son lo que más amo en el mundo», reconoció y sollozando con largas lágrimas en el rostro manifestó Desiré: «Si yo me los llevo, él me dijo que sabe dónde vive toda mi familia y en todos los sitios y lugares donde yo podía estar y que después de acabar con mi familia me mataba y yo sé que lo hace», agrega que «para ellos es fácil dar con cualquier dirección y nada los detiene para matar a quien sea».

Después de varios años y vejaciones a Desiré, como mujer y como persona, ya el amor se estaba acabando, reconoció que solo estaba con él por seguir con sus hijos y que él no se los quitara. Luego de casi siete años tras las rejas el pran salió en libertad; la familia se reúne y se van a vivir en una casa totalmente equipada que él le compró a Desiré unos meses antes. «Un día me agarró a golpes casi me mata, me gritaba que me iba a matar, ese día me armé de valor y me fui, pero no pude llevarme a mis dos hijas, el varón está conmigo, porque yo lo tenía en casa de mi mamá desde hacía unos días», explica.

Desiré manifiesta que quería llevárselas sin importarle lo que pudiera pasar, sin embargo, no tenía dónde vivir, pues quien ahora es su ex la sacó de su casa y al día siguiente ya estaba otra mujer ocupando su lugar y a cargo de sus hijas; «ellas me llaman y me piden que las cuide», revela con la voz entrecortada y con un mar en sus ojos. Su exmarido le advirtió que si se las llevaba la «picaba», tal como lo solía hacer en la cárcel con los reos que se «tragaban la luz».

«No se lo deseo ni a mi peor enemiga»

Hoy en día su marido está recluido en El Marite a la espera de un juicio por el asalto a una vivienda y toma de rehenes, «no me alegro, pero me entró un fresquito», reconoce y expresa que por mucho que él esté preso, aún tiene el poder para mandarla a matar a ella o a su familia. Y luego de ver el camino recorrido, reflexiona: «Él nunca me dio chance de nada, no me dejó estudiar, no me dejó trabajar (aunque reconoce que no le gusta trabajar)».

Desiré confiesa que si su ex no la hubiera golpeado, aún seguiría con él; «estaría con él, no por él sino por mis hijos, son lo que más quiero». Sin embargo reconoce que con él no tendría vida, ni futuro; aunque mucho dinero, todo es pasajero; «si hubo buenos momentos, pero si hubiese tenido apoyo no hubiese vivido esta vida, es muy difícil», reconoció con un suspiro y melancolía.

«Lo único que le agradezco (a él) es a mis hijos, me quedó una experiencia horrible», confesó. Y se atrevió a advertirle a otras «que ninguna mujer vaya a visitar un preso», «no se lo deseo a nadie, no van a llevar una vida bonita, no cometan mi mismo error; después de tener tanto, no tengo nada. Ni a mis hijos», lamentó llorando. Aunque Desiré no tiene a sus dos hijas todavía, conserva la esperanza de recuperarlas; «tengo ganas de estudiar, quiero tener a mis hijos conmigo y ni a otro de esos me vuelvo a buscar», admitió con tono esperanzador y secándose el rostro.

Foto: Rafael Parra

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