Se cumplen cuatro siglos de las corridas en plazas de toros

G- corrida de toros2
27 de enero, 2017 - 3:54 pm
Génesis Marín / pasante UNICA / redacción

A partir del 27 de Enero de 1612 se dan a conocer las famosas corridas en las plazas de toros, hoy se cumplen 4 siglos de que estas corridas se convirtieron en una fiesta desde que el rey Felipe III también conocido como El Piadoso, otorgo el primer privilegio real para la celebración de las corridas en cosos cerrados, origen de las actuales plazas de toros

Foto: Gustavo Parra

Celebrada en un plaza cerrada con el objetivo de obtener ganancias económicas, que en su época se destinaban generalmente a beneficiencias.

Las corridas en las plazas de toros cumplen este 27 de Enero 4 siglos desde que el rey Felipe III oficializara mediante privilegio real la celebración de las corridas de toros en plazas cerradas, antecedente histórico fundamental de la concepción que hoy se tiene de la fiesta.

Dicha celebración es un privilegio que fue concedido a la ciudad de Valencia, dictado a favor de don Ascanio Manchino, que luego fue pasando a sucesivos titulares a título de venta. Y a partir de Valencia en todas las demás provincias existieron privilegios similares.

El Gran Diccionario Tauromáquico pags. 30-34, de la edición de 1879, José Sánchez de Neyra, se refiere a esta efeméride en los siguientes términos:

El interés privado diviso ya por entonces un objeto de lucro en la afición del público a las fiestas de toros.

G- corrida de toros

Así es que muchos particulares solicitaron y obtuvieron de los monarcas privilegios para dar funciones en cosos cerrados, y el primero de que nosotros tenemos noticia lleva la fecha 27 de Enero de 1612.

En él su majestad el rey D. Felipe III hizo merced en forma de privilegio, por tres vidas, a favor de Ascanio Manchino, del derecho de la renta de los corros de toros de la ciudad de Valencia; privilegio que luego fue vendido en cantidades crecidas por los sucesos del que podríamos llamar empresario.

El canciller mayor y registrador del Consejo Real de Indias, D. Felipe de Sala y D. Martin de la Bayrón, contador del marqués de Tavera, entonces virre y capitán general del reino de Valencia, fueron dueños sucesivamente, a título de compra, del antedicho privilegio, que feneció en 1647.

Mucho tiempo antes de esta fecha, en 9 de Diciembre de 1625, hizo merced el rey al Hospital de Valencia, por veinte años, del antedicho privilegio, para cuando concluyesen las tres vidas por que fue concedido.

En el capítulo 198 de las actas de  las Cortes de Monzón, celebradas en 1626, se lee que presentaron proposición los diputados para que dicho privilegio real, concedido al Hospital por veinte años, lo fuese a perpetuidad, y que a osla petición se decretó: «Plan a su Majestad prorogar dita merced al Espitalper temps de altres vint añs».

Es indudable que lo mismo que en Valencia en todas las demás provincias existen ya privilegios, a veces comprados al poder real, y en otras ocasiones otorgados por merced, para explotar el beneficio que dejaban tales fiestas.

Y poco esfuerzo necesitamos hacer para comprender que el interés particular había de buscar alicientes que en ellas antes no hubiera y llamasen la atención.

Tomaron incremento grande en tiempo de Felipe IV, que varias veces rejoneó y alanceó toros a caballo; y en su época y la de Carlos II tuvieron estas fiestas un esplendor y realce extraordinarios. No habla caballero a quien se considerase como tal, que no fuese rejoneador de toros, o que al menos, en obsequio de su rey o de su dama, no saliese al coso a romper un par de lanzas. Entonces y aun antes se escribieron libros dando reglas para torear a caballo, se enseñaba a estos á habituarse a tan peligroso ejercicio, y se inventó la espinillera o sea la armadura de hierro que hoy se llama mona y sirve para cubrir la pierna.

Pero llegó a reinar Felipe V, poco aficionado a esta clase de fiestas, y los grandes de su corte se fueron apartando de ellas por no disgustarle, y porque sus ejercicios a caballo los oscurecían ya jinetes plebeyos, o cuando más hidalguillos que hacían maravillas.

Aplicáronse los hijos del pueblo a torear, tanto a pié como a caballo; tomaron por su cuenta el palenque que se les habría; observaron lo que los nobles habían hecho; leyeron lo que ya se había escrito dando reglas para lidiar, y desde entonces, lo que el espectáculo perdió de carácter lo ganó en arte. Se presentaron a lidiar toros en muchos pueblos principales, hombres diestros que hacían con ellos suertes de habilidad que cautivaban a los espectadores: capeaban, clavaban rejones a pié, que llamaban arpones y eran como una banderilla de las que ahora se usan; ponían parches, y con todo esto demostraban perfectamente que podía ser arte lo que hasta entonces se había conocido sólo como entretenimiento, sin reglas fijas.

G- corrida en la plaza de toros

Don Fernando VI no se contentó con hacer construir plazas cerradas y con las condiciones necesarias para las funciones de toros, sino que, deseando quitar a todas las conciencias timoratas cualquier pretexto para hablar en lo sucesivo contra aquéllas en sentido religioso, acudió a la Santa Sede, haciendo presente en primer lugar la inobservancia de las Bulas y Breves que las prohibieron: en segundo, que por la habilidad y destreza de los toreros era muy remoto el peligro que con la lidia pudiera haber; y en tercero, que los hospitales y casas de Beneficencia ganarían mucho con los socorros que recibirían de los productos de dicha fiesta.

Convencida de estas razones, y no sabemos de alguna más, la corte romana, obtúvose de ella que quedasen autorizadas las corridas de toros, pero que de ningún modo se celebrasen en días festivos y que se precaviese todo peligro de muerte o lesión.

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