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Edición 318     Del 5 de marzo al 11 de enero de 2010
Periódico semanario de Maracaibo, estado Zulia, VENEZUELA
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El Ávila, ese cerro majestuoso que corona a Caracas por el norte, está ardiendo como consecuencia de la fuerte sequía, sumada a la inconsciencia de quienes lanzan a sus faldas, en la orilla de la Cota Mil, botellas y otros desperdicios, o dejan fogatas encendidas durante sus paseos. Muchos se quejan cuando las autoridades prohíben las visitas a la montaña, pero al parecer, tenemos que ser tratados como lo que demostramos ser: una cuerda de irresponsables que no sabemos convivir con la naturaleza, dejando a nuestro paso una estela de basura y destrucción.
En el kilómetro 0 de la autopista Caracas-Guarenas, la GN y Polisucre, desalojaron a una comunidad que había invadido parte de este parque nacional y esa, es una buena noticia para quienes vemos con preocupación que poco a poco, tanto por la parte de Guarenas, como por los lados de La Pastora, se van multiplicando las invasiones en nuestro más importante pulmón natural. Ojalá, se hubiese actuado de igual manera, con las lujosas construcciones que han devorado montañas y cerros, en las zonas del este y suroeste: deforestaron y construyeron terrazas en suelos que, de lejos, no se ven muy estables que digamos, convirtiendo en moles de concreto lo que antes eran hermosas zonas verdes; se cambia el frescor y la natural conversión del CO2 en oxígeno que estas arboledas generan, por un paisaje duro, lleno de ventanales que producen mayor calor por efectos de la reflexión del sol y, lo peor: inmensos edificios construidos en zonas en las cuales, en caso de ocurrir un sismo, puede ocurrir una tragedia de dimensiones inimaginables.
El Hatillo, La Lagunita, La Trinidad, son —entre muchas otras—, urbanizaciones que han visto desaparecer montañas completas ante el avance avasallante del hombre y, la única diferencia entre estas zonas y otras como la recientemente desalojada y tantos barrios que crecen incontroladamente en nuestra capital, es que a las primeras se les llama «colinas», mientras a las segundas las llamamos «cerros».
Si alguna duda queda, veamos lo que nos trae el diario El Carabobeño sobre la contaminación en el Parque Nacional Morrocoy, cuando habla de la alarmante proliferación de «bacterias altamente patógenas», encontradas en las aguas y en dos especies de ostras del Golfete de Cuare. Entre los factores causantes, se encuentra la gran cantidad de aguas residuales que desembocan en el Golfo Triste, descargadas por hoteles, residencias particulares, marinas y complejos turísticos, que han proliferado sin control alguno, en Chichiriviche y Tucacas. La nota comenta sobre un estudio publicado en el año 2004, realizado por investigadores del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) y de la Universidad Simón Bolívar, en el cual «…se encontró presencia de bacterias que pueden ocasionar infecciones urinarias, cutáneas, pulmonares, cólera, sepsis y algunas afecciones estomacales que pueden desencadenar en úlceras». Algo muy grave es que este hallazgo se realizó estudiando el tejido de las ostras extraídas de la zona y que son vendidas a los turistas que visitan las playas de Morrocoy, moluscos que -por su condición-, filtran el agua en la cual habitan. Esto fue hace seis años, imaginen cómo estará ahora la situación.
Basta un paseíto por las calles, por el hermoso manglar y llegar a los cayos, para sentir como una bofetada, el efecto que causa nuestra mala conducta y total ignorancia en materia ambiental. Bolsas, botellas plásticas, latas, chapas y hasta pañales desechables, pueden verse nadando en las azules aguas o «escondidas» entre el enrevesado mangle, del cual se desprenden malos olores que harían palidecer de envidia al más cochino baño de carretera.
Así que ya sabe, cuando se coma su «ostrica», sólo estará recibiendo de la naturaleza lo que por allí llaman «una cucharada de su propia medicina».
¿A qué viene esta onda ambientalista? Pues bien, usualmente nos ocupamos de la política: gobierno vs oposición; oposición vs gobierno; gobierno vs gobierno; oposición vs oposición… el cuento de nunca acabar y que, cada vez, se va haciendo más fastidioso, por lo repetitivo.
Sentimos que nadamos en el desastre y comenzamos a mirar alrededor a ver a quién culpamos: El Niño, la Cuarta, Chávez, Carmona, CAP, el Imperio, el Capitalismo Salvaje, el PSUV o la Mesa Democrática, los Medios, Fedecámaras, Fidel, la OEA, Colombia, el Comunismo, los Estudiantes, los Chavistas o los Escuálidos. La lista sería interminable, pues existen tantos monstruos en esta historia, que ni Steven Spielberg y James Cameron juntos, serían capaces de manejarlos todos para producir una película. Pero dígame una cosa —y aquí voy a hablar en plural, para no herir susceptibilidades y porque a veces, hasta yo me descubro a mí mismo haciendo cosas que sé que no son correctas, pero ¡qué carrizo!, así es la vida—, ¿De quién es la culpa cuando vamos en el carro, nos comemos un caramelo y, abriendo la ventana, botamos el papelito a la calle? Si estamos en el banco, el supermercado, vamos por la autopista, entramos a la estación de servicio, encontrándonos con una cola: ¿qué hacemos? …Inmediatamente comenzamos a ver por dónde nos vamos a meter para pasar primero, porque «yo no me pienso calar este fastidio, allá los bolsas». A alguna persona se le cae su dinero del bolsillo y, en lugar de alertarla, nos hacemos los locos y, disimuladamente, pisamos los billeticos, esperando el momento oportuno para embolsillarnos un dinerito extra, felicitándonos por la viveza; el cajero nos da vuelto de más y, aún sabiendo que al momento del cuadre tendrá que poner de su propio bolsillo, no decimos nada; el mismo cajero, por otra parte, entrega el vuelto chucuto a ver si pasa y, si así sucede, poco le importa la suerte de quien lo recibe. Vamos manejando y no le damos paso ni a nuestra madre, mucho menos si se trata de alguien que va a pie, con tres bolsas en cada mano o sus muchachitos, rumbo a la escuela. ¿Regañamos al hijo que llega a la casa con algo que no es suyo? ¿Podremos quejarnos -si no actuamos anteriormente-, el día que nos saquen el dinero de la cartera, o se roben unos reales en su trabajo? Si recibimos quejas de la escuela, porque el chamo pega, muerde y pellizca a sus compañeros, nos alegramos porque, mejor que sea él el que da y no el que reciba, alentando de alguna forma, su conducta violenta.
No respetamos semáforos, pares, pasos de peatones; cruzamos las calles por donde nos parece, toreando los carros. Despilfarramos el agua y la luz, «porque para eso la pagamos y bien caro». Llegamos tarde al trabajo, «echamos carro», intentando por todos los medios no cumplir con nuestras obligaciones y, de paso, hablamos mal de los jefes, de la institución y hasta de nuestros compañeros de labores. Nos quejamos de autobuseros y camioneteros abusadores, pero le decimos al chofer «déjeme por donde pueda», en lugar de esperar a la próxima parada. La música a todo volumen nos encanta, no importa a quién estemos molestando con tanto ruido; el niño zapatea por todo el apartamento y no somos capaces de pararlo, aún sabiendo que estamos molestando a nuestro vecino de abajo; tenemos lugares específicos en nuestros edificios para botar los desperdicios, pero los dejamos en el cuarto del bajante, o en la puerta lateral, de noche, cuando nadie nos ve, y que otro se encargue de cargar con ese problema.
La lista para, sólo por razones de espacio (lamentablemente, es muy, muy, larga), pero da para convencernos de que si no cambiamos profundamente, nosotros, los ciudadanos, cada uno, en su vida cotidiana, en su trabajo, en su casa, con sus hijos y familiares, esto no lo arregla «ni Mandrake», así le pida refuerzos a los Marines o al G2.
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