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Edición 235     Del 20 al 26 de junio de 2008
Periódico semanario de Maracaibo, estado Zulia, VENEZUELA
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Santa Rosalía, Ced del Mar, Café Imperial, El Pingüino, el Tránsito…
¿Qué quedó del viejo Saladillo? (I)
«…El condenado carrito de Pomona cruzó casi en dos ruedas en pleno semáforo del Transito, dándole viaje hacia el Puente España, arrancó allí mismito en la esquina del Pingüino. Cosa bien rara, si te acordáis, que ningún muérgano carrito pasa frente al mercado Santa Rosalía, como quien va pa’ la parada del metro…» María Acuña vecina del sector

Para el flaco Hugo Acuña…
el hijo del casero
En 1920 el petróleo ya era parte de la vida cotidiana del Marabino, y junto al viejo barrio Saladillo que crecía y crecía hacia la actual parroquia Chiquinquirá, nuevas empresas y nuevas gentes poblaron más allá de la cañada, dándole nombre y sabor al actual sector Arismendi, antiguo final del Saladillo, reducto, que junto a la hoy plastificada Calle Carabobo, son el último recuerdo del viejo barrio del pasado.

La calle San Isidro
Conocida en la vieja Maracaibo, como «la calle de la perdición», por los varios prostíbulos y/o maviles, que existían en al zona, trato de ser salvada por el Parroco de San Juan de Dios, el sacerdote Felipe Santiago Jiménez, bautizándola como la Calle San Isidro.

Bueno, el intento quedó, y hoy las gentes conocen la calle San Isidro, pero para los más viejos, vive la «calle de la Perdición», ellos conservan el más sabroso y rancio nombre, lo que les quedó del viejo barrio.

En la calle San Isidro, a escasos 60 metros de la que fue la casa del «Casero Acuña», todavía se encuentra el botiquincito de Cambalache, con su vieja rocola, su cava de dos puertas, sus varios taburetes macerados por el uso y miles de cuentos y fantasmas rondando por el sito. «El Casero Acuña», érase un maracucho de esos avispados y queridos por sus vecinos, que vivió plena la transición entre la vieja y la nueva ciudad. El y su familia fueron de los que, obligados, salieron desalojados de la vieja casa familiar. Quedaron los fantasmas, en medio de una nube de pelos de la vieja gata, quien se negó rotundamente a olvidar sus orígenes, entre horcones y paredes de bahareque.

Del viejo Acuña se recuerda su estilo siempre bien arreglado, como buen patiquín que era. El gusto por la vida y la cantarina voz de su señora esposa para entonar gaitas gaitas de cuando todavía eran improvisadas, eran populares, eranse parrandas familiares, floreando versos espontáneos en el centro de la sala de cada casa.

La Perdición
Del casero quedó también el cuento de la «calle de la perdición». Parado a varios pasos de su casa, según «el casero»… la mala fama de la calle, no era culpa de las mujeres de la «mala vida» sino de la alegría de todas las mujeres del sector… cuando el camión de la cantárida se volteó cruzando la calle y desde allí corrió, (el afrodisíaco), hasta la esquina del mercado se envainó la calle, la cuestión fue que en cada casa, cada cual agarró su poquito.

El mercado Municipal de Santa Rosalía
Parece mentira, pero resulta más que escasa la información sobre este importante mercado municipal, que sobre otros sitios históricos de la ciudad. Santa Rosalía fue y es centro de compras obligado por más de sesenta años de la población marabina.

En la década del cuarenta, al parecer siendo presidente del Concejo Municipal Jesús Enrique Losada, el entonces Concejo Municipal decide construir en medio de uno de los polos del crecimiento urbano, un mercado de verduras, carnes y frutas que sirviera tanto al viejo barrio como a la creciente nueva ciudad, que se movía y configuraba la actual parroquia Chiquinquirá.

Al frente del nuevo mercado se acentúa el diario transito hacia otros sectores de la ciudad, vía los haticos, camino a los cerros de la Pomona, ruta a los peladeros de Sabaneta. Las nuevas vías, pasan por frente al Mercado Municipal.

En el próximo número trataremos de dar mayor información sobre este emblemático mercado.

El edificio de la Café Imperial

Corre el año 1948 y en Santa Rosalía, cerca de Puente España y al frente del Mercado Libre, la empresa de café construye su primera sede propia. El nuevo edificio está equipado con modernas tostadoras, molinos de última generación y máquinas automáticas para empacar el café. El ascenso es incontenible, pero surgen problemas en la nueva ubicación, pues los vecinos se quejan de que el humo de la planta contamina el aire. Café Imperial adopta el sistema de «quemar el humo de las chimeneas».

El hermoso edificio, del más puro estilo Art Deco, es la delicia de los pobladores del sector, con su perenne olor a café recién colado. Hoy día la construcción mantiene su estilo y parecido a el edificio Radio City en New York, es una muestra de la vieja arquitectura del Zulia, una joya, que debe preservarse, además de estar mirando cara a cara a la estación principal del metro de Maracaibo, en el espacio que las separa, una Maracaibo de cuando eran 76.000 habitantes que se dará la mano con una de mas de un millón de seres, hoy día.

Ced de mar
Casi frente a frente al viejo mercado Santa Rosalía, existió, enmarcado en pinturas de barcos y motivos marinos, vigilados por rubias sirenas y ninfas cargadas de caracolas y algas, entre secos chinchorros en un cuadrado cubierto de algunas 6 mesas de cuatro sillas, en el mejor estilo de las llamas de pantry de los años 60, el bar del viejo Cedeño. Lejos de ser un promiscuo mavil, era una especie de fuente de soda del reposo, para viejas y nostálgicas prostitutas y cansados botiquineros, donde se servían al borde de frías cervezas, pasapalos consistentes de cojones de toro, partidos en cuatro y sazonados con salsa picante, o cuartos de pajarilla bien frita, en buena opción del más gordo chicharrón de cochino.

Del viejo Cedeño, la poetisa zuliana Laura Antillano, ha escrito un cuento, donde Cedeño termina siendo padre de todos los Atlantes… seres nacidos de las muchas meretrices que vivieron y fueron sus amantes, cuando era dueño del Bar Atlántico. Pero ese, es otro cuento y otro bar.

El espacio se nos hace corto a la memoria así que nos permitiremos abusar del benévolo lector la semana que viene completando los vacíos de la memoria y completando los sitios del título.
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