Como buenos latinos dando carreras

Río listo «a última hora»

C.
4 de agosto, 2016 - 9:30 am
Agencias

Quizás Moscú en 1980 fueron los primeros Juegos Olímpicos que hicieron del espectáculo previo al desfile de atletas, una postal de Rusia en movimiento

Foto: Agencias

Presenciar el ensayo de la ceremonia inaugural de unos Juegos Olímpicos es un gran privilegio, pero al mismo tiempo, una pesadilla. El domingo anterior comenzó mi pesadilla. Evitar revelar el secreto mejor guardado del comité organizador. Esa es la tarea. Uno de los directores artísticos de la ceremonia, Fernando Meireles, enseñó el camino para no decir nada y sin embargo, contarlo todo. «Quiero que la ceremonia de inauguración sea una droga contra la depresión en Brasil». Todas las ceremonias tienen su encanto y son particulares, incomparables. Al menos eso creo. Cada contexto es diferente.

El concepto de las ceremonias cambió en algún momento. Quizás Moscú en 1980 fueron los primeros Juegos Olímpicos que hicieron del espectáculo previo al desfile de atletas, una postal de Rusia en movimiento. Una exposición del país para que el resto del mundo lo aprecie. Esa vez fue el mundo, menos los 65 países que apoyaron el boicot de Jimmy Carter a los Juegos.

Los Ángeles fue una breve historia de la migración estadounidense hacia los territorios del oeste y una exposición del arte americano, su música. Seúl 1988 hizo sonar los tambores y el color de tradición. Barcelona tomó los Juegos anteriores y les inyectó de majestuosidad. Luego encendieron el pebetero de un flechazo. Atlanta lo intentó y dejó muchas luces en el intento de contar una historia homogénea.

Sydney envió un mensaje de unidad social. Una atleta aborigen fue el último relevo de la antorcha, y las seis anteriores también fueron mujeres. Atenas nos contó que la historia del mundo occidental le debe mucho a sus filósofos y matemáticos. Pekín fue un millonario viaje por la influencia de la civilización china. Nos recordaron que inventaron el papel. Londres nos recordó que los ingleses inventaron las reglas del deporte más popular y que su economía pasó de la campiña a las fábricas y que los Juegos le deben un legado para los jóvenes.

El director de la ceremonia y su equipo han tenido que trabajar con un presupuesto limitado, 20 veces menor que Pekín o doce veces menor que Londres. Si en las crisis lo primero que las grandes compañías recortan de sus gastos es la publicidad, la postal de Brasil en estos Juegos será más sencilla. Menos majestuosidad y más humanidad.

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