Énder Inciarte hecho a mano

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5 de mayo, 2014 - 12:43 pm
Redacción Diario Qué Pasa

Foto: Agencias

El béisbol vuelve a brindarle a su afición otra satisfacción. El feliz debut de Énder Inciarte con el equipo Diamondbacks de Arizona fue la noticia del pasado viernes por la noche, de modo que fue el comentario obligado del domingo, sabido que el partido finalizó en Venezueala en horas de la madrugada.

Muchos podrán decir —y eso denlo por seguro— que vieron a Énder en la pelota menor y que desde ese instante sentenciaron que lo verían como un futuro grandeliga. Nosotros lo vimos en otro lugar y bajo otras circunstancias.

Fue en el estadio Cuatricentenario, —aposento del softbol zuliano— cuando de lunes a lunes observé a un par de niños pegándole a una pelota que le lanzaba su entrenador particular, Carlos Oliveros. Lo que llamó la atención es que se trataba de pelotas, no de béisbol, sino de softbol. Eso despertó más aún nuestra curiosidad.

Los niños eran los hermanos Astolfo y Énder Inciarte, bateando los lanzamientos que les hacía Oliveros a una velocidad media. En un cuñete de pintura caben cincuenta pelotas y, en consecuencia, era la misma cantidad de batazos que debían conectar cada uno  ¡Qué es lo que estoy viendo!, pregunté.

«Es para que se fortalezcan sus muñecas», respondió Oliveros. La respuesta fue indiscutible simplemente porque el periodista no era entrenador.

Énder Inciarte, padre, quien también los entrenaba, estaba obsesionado con que sus hijos jugaran béisbol. Su preferido era Astolfo —el mayor—, pues desde que llegaba al estadio se fajaba a trabajar, mientras que Énder era más flojo y hacía las cosas porque se las estaba pidiendo su padre, pero no con pasión, simplemente acataba la disciplina que le imponía su progenitor.

Eran cincuenta batazos que bateaban cada uno de lunes a lunes. No había día de fiesta, Navidad, Año Nuevo, Carnaval, Semana Santa, vacaciones escolares, nada que pudiera impedir el entrenamiento a diario en el estadio.

Otro personaje que necesariamente debe figurar en esta historia es Franklyn García, presidente del softbol. Su colaboración consistía en abrirle el estadio cada día a los Inciarte para que entrenaran, amén de que Énder padre era su amigo personal y formó parte de varias selecciones regionales de softbol, donde jugó precisamente el jardín central.

Cuando Énder le pidió opinión a Franklyn sobre los adelantos de sus dos muchachos, quizá lo que escuchó no le gustó.

«Me gusta más el pequeño —refiriéndose a Énder—, tiene las cinco herramientas exigidas, le veo más clase, tiene más fuerza y corre, tiene más pinta de jugador», le respondió Franklyn a un Énder Inciarte más perplejo e incrédulo aún.

Los pronósticos de Franklyn se dieron, los esfuerzos de Carlos Oliveros también, pero lamentablemente Énder Inciarte no está en este mundo para disfrutar de los logros de su hijo, el que respondió con creces a su deseo. Murió un día horas antes de la conversación que a diario sostenía con su hijo preguntándole cómo le estaba haciendo en el spring training.

Ayer le pregunté a su tío Énder Arenas qué sintió cuando vio por TV el primer hit de su sobrino.

«No pude contener las lágrimas y recordé a mi hermano Énder, quien en algún lugar fue el padre más feliz del mundo en esos momentos».

La historia de Énder Inciarte es totalmente diferente a la de Jimmy Pierce, un niño norteamericano a quienes sus padres castigaban —con violencia que se sepa— para que jugara béisbol. El muchacho llegó a las Grandes Ligas con Los Medias Rojas de Boston. Pintó como toda una estrella hasta que los golpes recibidos cuando niño salieron a flote y lo arropó la locura. Su cerebro pagó las consecuencias de un castigo no merecido.

Con Énder Inciarte fue todo lo contrario. El único castigo recibido fue que complaciera a su padre sintiendo amor por el béisbol, los resultados están a la vista.

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