Los niños van a las colas

qpplaceholder
1 de febrero, 2015 - 3:31 pm
Redacción Diario Qué Pasa

Aparecieron los pañales y la leche; después llegó la harina, el jabón, las pastas, el aceite. El arroz aún no aparece. Los niños aparecieron en masa en los brazos de las compradoras o compradores de pañales, o de algún alimento recién aparecido.

Uno o una, estamos acostumbrados a ver a los niños acudir a un paseo dominguero, a un rito de piñata, a la guardería, al preescolar, pero no habíamos visto todavía, a los niños de brazos acudir masivamente a las patéticas colas en procura de sus pañales.

En los últimos cuatro días las colas han estado en todos los supermercados o expendios de alimentos regulados, que el «bachaqueo» desregula gradualmente en el camino a la frontera, o al barrio. En cualquier caso en su destino final, el precio es de oro, platino o diamante.

Una buena parte del pueblo trabajador, en Maracaibo y en otros municipios del Zulia, está desmovilizado en las colas; y más desmovilizado está si cada comprador con necesidad, o «bachaquero» o «bachaquera», ducha o aprendiz, tiene en sus brazos un niño recién nacido, tostándose al sol maracucho y zuliano, en sus primeras apariciones masivas en las colas que no desaparecen.

Las partidas de nacimiento, por delante, dicen o sugieren que el niño, la niña de pocos meses pudiese no ser hijo o hija de quien la lleva en los brazos. Hay sobradas razones, dada la ya conocida locura del «bachaqueo» y el contrabando, para sospechar que no serían prestados los niños que van a las colas, sino más bien alquilados para comprar los inventarios de alimentos, que en medio de las dificultades, el Gobierno Bolivariano procura y sigue procurando a través de su sistema de importación privada.

Hay quienes envejecen mal, renuentes a superar sus resabios pequeño burgueses, negados a estudiar su trabajo, su oficio, más allá de sus títulos devaluados en la realidad que produce la manera de vivir. Pero ¿hasta qué punto pudiesen crecer mal los niños de pocos meses de nacidos, que han comenzado a ir masivamente a las colas del «bachaqueo» y la necesidad, en los brazos de la locura, que el imperialismo arroja sobre la Venezuela de todos?

¿Qué tan profunda e indeleble pudiese ser la huella que la locura del «bachaqueo» y la necesidad dejarían, para toda la vida, en el subconsciente de los niños que ahora acuden masivamente a las colas? ¿El «bachaqueo» tiene licencia para cancelar el futuro de la niñez venezolana? ¿Ese futuro, no es el futuro nuestro?

En esta operación sutil de ablandamiento del consciente y del inconsciente a que el imperialismo nos somete a diario, aún nos queda capacidad de susto, para ver con horror la presencia masiva de los niños en las colas del «bachaqueo» y de la necesidad. Uno o una sentimos que en los últimos dos años nos han llevado de susto en susto, cada momento en que el precio de lo que consumimos sube exponencialmente, mientras nuestros sueldos están heridos de chikingunya. ¿Nos queda suficiente aguante para ver con normalidad a los niños masivamente, fuera de sus ambientes naturales, poniéndoles el pecho a las colas de la agresión económica en contra de Venezuela? Parece que sí, y sí.

Pareciera que las colas son el espacio propicio que el imperialismo ha conseguido para desmovilizar al pueblo trabajador venezolano. En las colas del «bachaqueo» y la necesidad se quiebra cualquier consideración verdaderamente revolucionaria. Quien se mete a «bachaquero» deja de ser revolucionario, si alguna vez lo fue, y si utiliza a un niño, entonces deja de ser padre o madre, y tal vez no vuelva ser nunca más, lo que antes era.

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