La ética del proceso social trabajo

qpplaceholder
18 de mayo, 2015 - 6:24 pm
Redacción Diario Qué Pasa

Tuve la fortuna de conocer el órgano ministerial que rige las políticas del «trabajo» en nuestro país. Por más de un lustro logré conocer el tratamiento de las relaciones del trabajo desde la óptica del Estado en la transición del esquema tradicional, al modelo social que hoy se encuentra vigente en nuestra Carta Magna. Sin embargo, no puedo negar mis diferencias en el tratamiento, casi beligerante, que se le dio en la práctica a algunas corrientes sindicales, que en nombre del proletariado honesto y noble, le hicieron y aún le hacen, daño al país.

El papel del trabajo como eje nuclear en el que se articula la sociedad es una característica propia de la llamada modernidad. En la etapa del industrialismo, el trabajo se convirtió en la condición y en el fundamento del progreso, que incitaba al hombre a la construcción y búsqueda de una autonomía laboral y social, de suerte que la integración al mundo del trabajo, en particular en determinados sectores profesionales se convierte en una importante fuente de dignificación personal.

Al final de la década de los cincuenta y durante la de los sesenta, es notable el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia católica y de las reflexiones teológicas sobre las realidades terrenas y el mundo del trabajo. Se debaten los planteamientos de Teilhard de Chardin sobre el sentido cristiano del trabajo en el mundo. Aparecen las grandes encíclicas Mater et Magistra y Populorum Progressio, lo mismo que la constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, donde se profundiza en la ética social católica.

Aunque en la llamada posmodernidad, parece tender a modificar la importancia o el significado que se le atribuye, esta inserción continúa teniendo un importante carácter simbólico como principio legitimador dentro de ella, acentuándose aún más en períodos de crisis estructural del empleo en Latinoamérica como la que se vive hoy, en donde las personas se ven enfrentadas a una notable contradicción: por un lado el papel del trabajo como ámbito de dignificación personal y, por el otro, la profunda precarización de las condiciones en el ejercicio de dicho trabajo. De modo que, existe una preocupación en la actualidad sobre la ética del empresariado y el rol que juegan para ser parte de la solución de los problemas que afrontamos o simplemente ser parte de los mismos.

Los desafíos vigentes requieren una transformación total de la relación de trabajo que conocemos, pues debe ser un puente hacia el futuro, vivida como una cultura donde todos sus miembros encuentran un sentido a su vida; entre el hombre y la empresa del futuro; entre la organización empresarial y los desafíos del progreso.

Debe ser un continuo ponerse al día para dar un salto gigantesco que permita al empresario y al trabajador sobrevivir, pues la empresa de la tercera ola, de conocimientos, necesita un nuevo hombre más responsable, capaz de hacer juicios de valor, de tomar decisiones y de trabajar en equipos multidisciplinarios, multiétnicos y multinacionales con eficiencia económica con libertad individual, equidad social y respeto por los valores absolutos.

Comente